miércoles, 22 de febrero de 2012


La victoria de Malvinas

JORGE ABELARDO RAMOS

 

 

La autopropaganda inglesa durante siglos transformó en frase de uso común el hecho incierto de que “Gran Bretaña perdía todas las batallas y ganaba todas las guerras”.' Ahora ha ocurrido lo contrario. En estas líneas me reduciré a exponer ese hecho irrefutable.
En los últimos cien años la Argentina se integro al mercado mundial dominado por las potencias anglo sajonas. Desde Roca hasta hoy, en que el sistema ha saltado por los aires, nuestro país se desenvolvió como provincia agraria de Europa. La articulación entre la Europa industrial y la Argentina exportadora de productos primarios permitió un prodigioso crecimiento hasta 1930. En la crisis mundial, la orgullosa factoría de estancieros gordos y vacas flacas se estrelló como el “Titanic” en el iceberg de la década. Volvieron todos los parásitos de París, aterrados por la baja de los precios del ganado. Se hizo célebre la frase: “Quel difference, de París a l’estance”.
Gracias a la depresión mundial, se abrió la posibilidad en los países semicoloniales, de iniciar la marcha hacia la industrialización. La segunda guerra benefició de nuevo a la Argentina al aislarla de las potencias occidentales, absorbidas por sus sangrientas querellas. La prosperidad del mercado interno, los nuevos obreros, la joven burguesía industrial y la aparición de Perón son los signos externos de la nueva época. El nacionalismo industrial de Perón, sin embargo, encontró en la oligarquía un implacable enemigo.
Aunque el peronismo constituyó un gigantesco avance industrial en todos los órdenes, la hegemonía cultural de la europeización en el sistema cultural y educativo no cedió. Parte de las clases medias, a la rastra de los patrones de prestigio de la sociedad oligárquica, constituyó la “base de masa” del poder imperial y sus aliados internos. Como había ocurrido en las dos guerras mundiales (1914 1918 y 1939 1945), la partidocracia y una parte notoria de la “inteligencia” sostuvieron ardorosamente a los “aliados” anglo yanquis o sea a los explotadores coloniales directos de la Argentina. Esas mismas fuerzas conspiraron contra Perón entre 1946 y 1955, en que lograron derribarlo.
Se trata de los mismos sectores “democráticos” que a partir del 2 de abril se niegan a aceptar el carácter heroico de la gesta, se obstinan en pagar la deuda externa a la banca inglesa y tienden una cortina de humo sobre este grandioso acontecimiento del siglo XX. Han reemplazado todo análisis sobre el imperialismo invasor por una insustancial palabrería dirigida al comicio. Son los apóstoles vacíos de la “democracia formal”. Ayer reverenciaban a Roosevelt y a Churchill. Hoy lo hacen con Mitterrand, Felipe González y otros escandinavos. Todos ellos son representantes del colonialismo europeo; bloqueadores de la Argentina. De este modo, la guerra de Malvinas, como lo afirma burlonamente la señora Thatcher, habría sido la lucha de la “democracia inglesa” contra la “dictadura argentina”. Quien esto escribe ha sufrido varios procesos y detenciones a manos de este régimen que agoniza. I No tengo benevolencia hacia Galtieri ni hacia ninguno de sus colegas anteriores o posteriores. Pero comprendo muy bien a la partidocracia sucesora de Saturnino Rodríguez Peña (aquel que ayudo a escapar al general Beresford, cuando la primera invasión inglesa). No falta entre ellos quienes proponen el día 2 de abril como “día de luto”.
 Gracias a esa sociedad anglófila que venera a Europa o a EE.UU., se formo una clase “democrática” devota de todas las guerras ajenas y héroes alógenos. Son el producto directo de esos bachilleratos franceses importados por Mitre, indiferentes a la América Criolla, capaces de ahogar en un hastío glacial las mejores vocaciones y las rebeliones más originales, seguidos de una universidad productora de especialistas indiferentes al destino nacional, siempre dispuestos a emigrar por un buen contrato en el exterior. ¡Cómo para entender la guerra de Malvinas con un sistema cultural que reposa en el dilema sarmientino de “civilización o barbarie”, que según cabe imaginar sitúa la barbarie en América y la civilización en Europa! Se trata del mismo Sarmiento que había escrito al general Mitre: “No ahorre sangre de gauchos. Son lo único que tienen de humano”. A su lado; ¿podrían entender la guerra con Inglaterra los “izquierdistas portuarios”, tan alejados del drama argentino como los terratenientes que vivían en Europa?
La primera pregunta que brotó en todos los labios dé la Argentina Ilustrada fue: ¿por qué razón ahora ocupó Galtieri las islas? ¿Qué propósitos se ocultaban detrás del acontecimiento? ¿Ambiciones personales, etcétera? Cuando la flota inglesa avanzó armada hasta los dientes, tras la hipócrita euforia inicial, todos empezaron a retroceder, a murmurar, a conspirar. Así se gestó una intriga palaciega de políticos nativos y embajadores extranjeros destinada a derrocar a Galtieri y facilitar un “gobierno de transición” hasta el ansiado comicio. A esta Argentina político institucional se le ocurrió entonces calificar al 2 de abril con la frase de: “Una aventura irresponsable”. Según se sabe, es la tesis británica. Los cipayos (vocablo hindú que designaba de ese modo a los nativos aliados al usurpador inglés del suelo nacional) estaban horrorizados. Borges sentía que se hundían las columnas de Hércules. Los “demócratas” consideraban que esa heroica lucha contra el imperialismo no podía ser realmente legítima porque procedía de un gobierno malo y de Fuerzas Armadas que no merecían confianza. Pero lo notable de los aspectos políticos de la guerra de Malvinas es que la mayor parte de los partidos políticos argentinos habían apoyado directamente al régimen nacido el 24 de marzo de 1976 y habían ocupado (y siguen ocupando hoy) miles de cargos, desde intendentes hasta ministerios provinciales, ministerios nacionales y embajadas. Solo se alejaron del gobierno (pero no de los cargos mencionados) cuando el histórico giro del 2 de abril puso en evidencia que la Argentina había entrado en conflicto con las pérfidas potencias del Occidente colonialista, y sus aliados de la usura mundial. Entonces descubrieron muchos de estos partidos que este régimen era una dictadura.
Pero cuando está en juego el suelo de la patria, sólo un cipayo puede preguntarse si el gobierno que conduce la guerra le gusta o no. Si San Martín hubiese renunciado a luchar contra el Imperio español al descubrir a su llegada a Buenos Aires la catadura de Rivadavia y Pueyrredón, quizás seríamos todavía súbditos del rey de España.
El pueblo argentino y los hermanos de la Patria Grande comprendieron instantáneamente que la Argentina, había emprendido una gran gesta. El 3 de abril, hasta los ultrademócratas y los severos “izquierdistas” se informaron que los Estados Unidos, Francia, Inglaterra, etcétera, habían votado contra nuestro país, en el Consejo de Seguridad mientras que China, la URSS, Polonia y España, se abstenían. Sólo voto a nuestro favor la gallarda República de Panamá, por la boca de su canciller Illueca. El apoyo provenía del legendario suelo al que había convocado Bolívar en 1826 para fundar entre todos una “Nación de Repúblicas”.
Con las tropas argentinas en las Malvinas, saltó en pedazos el TIAR y la Doctrina Monroe, los simuladores de la “democracia” europea y los admirados yanquis de Alexis de Tocqueville, en suma, los modelos ideales en que habían sido educados los oficiales de las tres armas en la Argentina. Volvimos nuestras miradas hacia la América latina. Nicaragua sandinista nos apoyó lo mismo que Cuba. Por encima de todo, éramos latinoamericanos. Y este hecho de trascendencia mundial, que reubicaría a la Argentina en el campo del Tercer Mundo junto a aquellos pueblos que como nosotros luchaban por su independencia nacional, sería objeto de una feroz campaña de “desmalvinización” que no cede ni un solo día.
El 2 de abril resolvió con el irresistible poder de los hechos esta paradoja: las mismas Fuerzas Armadas que habían entregado el poder económico durante siete años a los abogados de Inglaterra y Estados Unidos, se enfrentaron con los amos imperiales y rompieron a cañonazos esa alianza. Por esa causa, Gran Bretaña ganó una batalla y perdió la guerra. (Agosto 2007)

lunes, 20 de febrero de 2012

Jorge Eneas Spilimbergo habla de Jauretche


miércoles, 15 de febrero de 2012

HISTORIA DE LA NACION LATINOAMERICANA


 HISTORIA DE LA NACIÓN LATINOAMERICANA - PROLOGO





El propósito de este libro es estudiar de cerca un gran naufragio histórico. Descifrar el secreto de una inmensa Atlántida velada por el tiempo: ¡nada menos!
Nos propusimos averiguar si América Latina es un simple campo geográfico donde conviven veinte Naciones diferentes o si, en realidad, estamos en presencia de una Nación mutilada, con veinte provincias a la deriva, erigidas en Estados más o menos soberanos.
El concepto de Nación es anacrónico para la mayor parte de los europeos, sólo en el sentido de que han realizado hace ya mucho tiempo su unidad nacional en el marco del Estado moderno. El nacionalismo de los europeos es tan profundo, arraigado y espontáneo, bajo su manto imperial de generoso universalismo, que únicamente se advierte cuando otros pueblos, llegados más tarde a la historia del mundo, pretenden realizar los mismos objetivos que los europeos perseguían en los siglos XVI, XVII, XVIII y XIX. Resulta cosa de meditación percibir entonces su afectada indiferencia (teñida de un sutil desprecio) hacia los importunos brotados en las márgenes del mundo civilizado. Es el momento que los europeos eligen para subrayar en los nacionalismos de los países coloniales su fosforescencia folklórica, su pintoresca filiación religiosa o sus evidentísimos rasgos semi-bárbaros. De la virtuosa derecha a la izquierda neurótica en Europa se manifestó -educativo ejemplo- un sentimiento general de repudio hacia el abominable Khomeini. El Ayatollah ha puesto el dedo en la llaga del próspero Occidente. No faltaron a la cita ni el feminismo marxista ni el liberalismo imperial: el común horror hacia la teocracia islámica los encontró unidos.

Apenas el irredentismo irlandés permanece como una mancha sangrienta en la órbita declinante de Inglaterra. Pero aquellos grandes momentos del nacionalismo decimonónico, desde Marx a Lord Byron hasta Garibaldi, ya son vetustas reliquias. A nadie le interesa recordar en el Viejo Mundo que la rapidez prodigiosa con que avanzó Europa Occidental hacia la civilización técnica (y EE.UU., desde la guerra civil de 1865) se produjo gracias a la formalización jurídica y arancelaria del Estado Nacional
Unificado, luego de eliminar el poder social de las clases pre-capitalistas.
Al permitir una desenvuelta interrelación económica, política y financiera entre todas las partes constituyentes de la Nación, el capitalismo remontó un asombroso vuelo. Desarrolló tal poder multiplicador del aparato productivo con el invalorable auxilio de un expansivo mercado interno, unido a una lengua nacional que procuraba la frontera político-cultural de un Estado, que bien pudo considerarse al siglo XIX como el siglo del movimiento de las nacionalidades. Al mismo tiempo y a la inversa, América
Latina perdió la posibilidad de reunirse en Nación y avanzar hacia el progreso social, tal como lo hacían los Estados recién unidos en el norte del continente americano. Los norteamericanos libraron una cruel guerra civil para abolir la esclavitud. Así unieron su país contra el separatismo esclavista del sur agrícola, sostenido por los ingleses. En una dirección opuesta, las oligarquías agro-comerciales de los puertos se imponían en América latina sobre las aspiraciones unificadoras de Bolívar, San Martín, Artigas, Alamán, Morazán. La generación revolucionaria de la independencia pereció en las reyertas aldeanas. Fue la ocasión que los hábiles diplomáticos ingleses y norteamericanos, los Poinsett o los Ponsonby, aprovecharon para aliarse a la burguesía comercial y a los hacendados criollos, "la hacienda y la tienda". Y premiaron con un silencio sepulcral a los hambrientos soldados de Ayacucho. Estos soldados criollos habían expulsado de América Latina un Imperio que mantenía unidas a sus colonias, sólo para ver insertarse en ellas a otros más poderosos, que ayudaron a su independencia a condición de que permanecieran desunidas. Serían Repúblicas solitarias con soberanía formal, y economías abiertas.

En cuanto al inmenso Brasil, ocurrió algo muy curioso. Por un sorprendente giro de la historia, se transformó de colonia del imperio portugués, en capital del imperio, pero sin Portugal, en poder de los franceses. Sacudido por incesantes levantamientos y revoluciones, produjo republicanos, místicos, rebeldes y hasta socialistas, pero ninguno de ellos reclamó la abolición de la esclavitud, que había sido suprimida en el resto de América Latina en la primera década de la independencia. Entre el librecambismo británico y el sudor de los negros parasitaba el Brasil Imperial: todos los integrantes de esa sociedad, "hasta los más pobres y desamparados", como dice Decio Freitas, vivían a expensas del trabajo de los esclavos.
El antagonismo de siglos entre el Reino de Portugal y el Reino de España, se trasladó a la América revolucionaria hasta nuestros días, gracias a los diligentes británicos, el "máximo común divisor" en la integridad de pueblos ajenos. Argentina y Brasil heredaron esa rivalidad, que era prestada. Por esa razón se elevó un muro entre ambos países, que afortunadamente ha sido derribado para siempre con el promisorio nacimiento del Mercosur.
Por su parte, Cuba era colonia española (hasta 1898), y como en el caso de Brasil, no participó de las guerras de la Independencia, que habían forjado lazos de sangre entre las patrias chicas de los viejos Virreinatos y Capitanías Generales. Como resultado de todo lo dicho, la independencia respecto de España, al no lograr mantener simultáneamente la unidad, eclipsó por un siglo y medio a la gran nación posible.

En otras palabras, América Latina no está corroída solamente por el virus del atraso económico. El "subdesarrollo", como dicen ahora los técnicos o científicos sociales, no posee un carácter puramente económico o productivo. Reviste un sentido intensamente histórico. Es el fruto de la fragmentación latinoamericana. Lo que ocurre, en síntesis, es que existe una cuestión nacional sin resolver. América Latina no se encuentra dividida porque es "subdesarrollada" sino que es "subdesarrollada" porque está dividida.

La Nación hispano-criolla, unida por el Rey, creada en realidad por la monarquía española, se convirtió en un archipiélago político, una polvareda confusa de islas múltiples, gobernadas por los antiguos oficiales de Bolívar o San Martín. Los jefes bolivarianos se habían sumido en la decepción o se habían corrompido en el poder; se dejaron mimar por los exportadores y hacendados. Estos se relamían los labios al atrapar, después de la sangre, las pequeñas soberanías, trocadas en prósperas satrapías. Esa historia se narra aquí.

A diferencia de las "historias" usuales de América Latina, que reproducen en la literatura el drama formal, pues describen las historias particulares de cada Estado a partir de la muerte de Bolívar, país por país, sin rastrear sus vínculos de origen, sin considerarlos como parte de una Nación desmembrada. Omiten evocar a los pensadores iberoamericanos que fueron la conciencia despierta de una América Latina entrevista como una totalidad histórica. Por el contrario este libro aspira a recrear como un conjunto todo lo que fue, lo que es y lo que será.

Durante décadas aparecieron libros sobre la "argentinidad", la "peruanidad", la "bolivianidad" o la "mexicanidad", en cantidades ingentes.
Todos andaban a la busca de su propia identidad nacional o cultural, pero pocos se consagraron a redescubrir la identidad latinoamericana, que era la única capaz de permitir que América Latina, con todas sus partes, se delimitara como un poder autónomo ante un mundo codicioso y amenazante.
En tal situación, no podía extrañar que desde el ocaso
de los grandes unificadores, y hasta nuestros días, se reiteraran políticas y emprendimientos tendientes a hipertrofiar las diferencias o ahondar las particularidades.
Como cabía esperar, producida la Independencia de España, las nuevas estructuras contaron con sus obvios ejércitos, escudos, empréstitos ingleses, Constituciones, Códigos Civiles, héroes y villanos, y, por añadidura, con una literatura preciosa, hija de los puertos cosmopolitas y hasta con una historia para "uso del Delfín". Todo era chiquito, mezquino, provincial, pero cada Estado miraba por el rabillo del ojo hacia las nuevas Metrópolis anglo-sajonas, buscando en ellas las señales de aprobación.
Relataba el dramaturgo mexicano Rodolfo Usigli, que los intelectuales de su época acostumbraban a referirse a sí mismos como miembros de la generación de "postguerra". Ahora bien, decía Usigli, en México no hemos tenido una guerra, sino una Revolución.
Pero aunque en Europa habían sufrido una guerra y no una Revolución, los cultores del espíritu en México se sentían hijos de una guerra vivida por otros, en lugar de serlo de una Revolución que había conmovido su país hasta los cimientos. Todo resultaba una copia miserable.

Sólo así podía concebirse que el historiador boliviano Alcides Arguedas, alquilado por el magnate minero Simón Patiño, como historiador "con cama adentro", fuera el vocero de la cultura boliviana en el mundo o un anglo-bizantino del género de Borges hiciera de arquetipo de la literatura argentina. El darwinismo social hizo furor y aún domina el pensamiento inconfeso de las "élites" criollas. El programa de Borges no adolecía de oscuridad. Lo resumió en dos epigramas: "América Latina no existe"; y la segunda: "Somos europeos en el destierro".

Desde que Europa tomó posesión de América Latina a partir de la ruina del Imperio español, no solo controló el sistema ferroviario, las bananas, el café, el cacao, el petróleo o las carnes. Consumó una hazaña mucho más peligrosa: influyó sobre gran parte de la intelligentsia latinoamericana y tendió un velo sutil entre la trágica realidad de su propio país y sus admirados modelos externos. Así, hasta los rebeldes de aldea, y hasta las doctrinas de "liberación", llevaban la marca del amo al cuello. Con el sello de Occidente, eran como cartas de navegación erróneas, preparadas para extraviar a los viajeros.

Todo lo latinoamericano o criollo fue despreciado o detestado. Desde la Ilustración o aún antes, no faltaban antecedentes para ello. Desde Buffon o el Abate de Paw, hasta el más lozano egresado de alguna Facultad de Sociología o Historia en la última parroquia, desdeñaban la inmensa tierra bárbara.

Los europeos en tiempos de la Conquista, la Ilustración o luego, no podían siquiera imaginar que otros mundos no recorriesen, ni en su fauna, flora o historia, diferentes caminos que los que había conocido el continente-modelo. Aplicaban al Nuevo Mundo su propia clasificatoria: así, para Buffon o Voltaire, en América Nueva pululaban leones calvos y tigres minúsculos. Por el contrario, los reptiles y alimañas eran de tamaño gigante.
Indios asexuados e insectos enormes, la Terra Nova, era para algunos, demasiado joven; para otros, demasiado vieja.
A Hegel se le antojaba que aquí no había historia, sino pura naturaleza, que como se sabe, aborrece al Logos. Marx y Engels, por su parte, cuando no encontraban manipulaciones de hierro en alguna sociedad extra europea, la situaban en el "estadio medio de la barbarie", lo que les venía de perilla a incas y aztecas.

El conde de Keyserling explicaba ¡todavía en 1930! a las bellas propietarias de tierras de la refinada Buenos Aires, que América era el continente del tercer día de la creación, ardua jornada que Dios empleó en crear el mar, la tierra, las plantas y la flora. También, según el noble germánico, éste era el asombroso suelo de la "sangre fría". Don Pío Baroja no iba a quedarse atrás: juzgaba al americano del Sur como "un mono que imita" y a América Latina como un "continente estúpido".
La denigración europea se fundaba en la necesidad de ignorar y desacreditar aquello que esquilmaba. La auto denigración de la intelligentsia latinoamericana reposaba, por su parte, en el hecho de que estaba obligada a vivir de la clase directamente dominante, la oligarquía, que no era una clase nacional sino por su residencia e intereses. Cuando la intelligentsia en las última décadas, observa la desespiritualización y codicia del mundo occidental, se "izquierdiza" por un momento y ronda en la periferia del stalinismo, al que supone ambiguamente encarnación del ideal socialista. La catástrofe de la sociedad burocrática inicia otro movimiento pendular hacia la "democracia" capitalista. "Occidentales" o "marxistas", gran parte de los intelectuales pierden su antigua seguridad científica. Pero conservan su aversión académica (académica burguesa o marxista) hacia la sociedad criolla tal cual brotó de manos de la historia. Su utilitario objetivismo la mantiene distante del movimiento histórico vivo en nombre de "un rigor" puramente verbal, que le permite, por lo demás, conservar su "universalidad" y los medios de vida. En el último de los intelectuales latinoamericanos de tipo universitario resuena un eco del Abate Paw.
Excepción hecha de los grandes latinoamericanistas del 900 -Manuel Ugarte, José Vasconcelos, Joaquín Edwards Bello, José Ingenieros, Manuel González Prada, Rufino Blanco Fombona y muchos otros- gran parte de la intelligentsia consumía sus vigilias torturada por las obsesivas modas de la Grande Europa. Por ejemplo: a fines del siglo XIX resurgía el helenismo en Francia y en toda Europa. La crisis entre la burguesía liberal y la Iglesia Católica, asumía la forma indirecta de una revalorización estética de los nobles modelos de la antigüedad.

Y como no podía ser menos, en América Latina aparecieron puntualmente los helenistas nativos: en el Altiplano boliviano, un profeta tonante y barroco, Franz Tamayo, a la vez indio y terrateniente de indios, escribía Las Oceánidas; Lugones, en la Argentina ganadera, publicaba Estudios Helénicos y El ejército de la Ilíada; en México, la más grande figura intelectual de la Revolución nacida en 1910, Vasconcelos, invertía por una senda propia el legado franco-griego: exaltaba la búsqueda de un camino nacional en Prometeo vencedor.
A su turno, Alfonso Reyes concebía refinadísimas tragedias griegas; Ricardo Jaime Freyre soñaba brumosas mitologías escandinavas.
La patente francesa "imprimía carácter" a la inteligencia latinoamericana y la esterilizaba en el acto; y el librecambismo anglosajón cegaba enseguida toda cultura industrial nativa.
En la historia latinoamericana, sobre todo a partir de 1880, aparecieron una veintena de microsociedades en cada una de las cuales no faltaban ni una "burguesía nacional", ni un "proletariado", ni una "pequeña burguesía", según estatuía la prestigiosa clasificación marxista europea. Claro está que todo lo latinoamericano aparecía en un nivel más bajo, bajo una forma monstruosa o insólita, sea como un Tirano Banderas o un puñado de coroneles-terratenientes que desafiaban todas las clasificaciones.
Si Europa producía un arte simbólico, inspirado en las formas del hombre primitivo, en ciertas partes de América Latina esto era pura pintura figurativa, ya que el exquisito salón de arte moderno de Lima, pongamos por ejemplo, no estaba demasiado lejos del selvícola de Iquitos o del cazador de caimanes del Amazonas. Estas sociedades imitativas ofrecían asombrosos contrastes. A partir de la "balcanización", se dictaron códigos burgueses que debían servir a estructuras latifundistas fundadas en la servidumbre personal. Tales códigos habían sido en Europa el resultado de una revolución que había dividido las tierras de la nobleza para entregarlas a pequeños propietarios. En América Latina esos códigos eran empleados para garantizar la estructura agraria arcaica.

Se importaban, asimismo, las formas vacías de un liberalismo formal para pueblos que no habían conocido sino dictaduras semi-seculares o el parloteo incontenible de Parlamentos elegidos por el fraude, integrados por diputados venales. Todo se acarreaba de afuera, pero todo era pacotilla, pues nada se adaptaba a la realidad latinoamericana, como aquellos gruesos abrigos de piel que usaba el patriciado de Río de Janeiro en el siglo XIX, sudando a chorros en el trópico y harto satisfecho de que también se usaran en Londres, de donde se importaban.

Calurosos abrigos para tierras cálidas resultaron ser los productos socialistas, liberales y marxistas que llegaron desde lejos. En su primera etapa, unos respondían al preclaro modelo del laborismo de su Majestad Británica; otros a la inescrutable política soviética, ya muy lejano del brillo ígneo de aquel Octubre. Los demócratas profesionales, empapados de juricidad y de las polvorientas premoniciones de Alexis de Tocqueville, por su parte, diseñaban un pequeño Capitolio blanco para cada parroquia, trocada en República.
Esta combinación sincrética de cultura liberal inauténtica y de marxismo importado para intelectuales "en vía de desarrollo", según Augusto Céspedes, dio sus frutos. Pues junto a los ferrocarriles o usinas, los grandes imperios introdujeron en estas sociedades indescifrables un estilo de pensamiento que modeló la historia, las ideas políticas, la sociología, el proceso cultural, las artes y las costumbres.
No pocas particularidades de América Latina encontraron obstáculos para desenvolverse por un camino propio bajo la insinuante y deslumbrante presión occidental. Desde la derecha o la izquierda, la extranjería reinó soberanamente, tanto en las estadísticas de exportación como en el modo de interpretarlas.

De tal suerte, América Latina resultó ser el suelo ideal de politiqueros, terratenientes y expertos extranjeros. La ciencia social se alejó todo lo posible del drama real, aún en aquellos casos que parecía estudiarlo. Envanecida por un supuesto "rigor científico", la ciencia social se vio impregnada hasta la médula del empirismo sociológico de cuño norteamericano, con su ficticio carácter neutro, o del marxismo-leninismo, petrificado en una escolástica indigerible, fundada en un "homo-economicus" archi-metafísico. La coincidencia entre ambos se manifestaba en el desconocimiento común de la cuestión nacional de América Latina. Reducían todo el drama, según los casos, a:
1) Un supuesto duelo entre la burguesía y el proletariado, en el interior de cada Estado.
2) Fundar el crecimiento económico mediante la repetición nativa del capitalismo europeo, en el marco político de una "democracia" formal de dudoso cuño.
3) Repetir de un modo elíptico la versión provincial de una historia falsificada.

Si el Dr. José Gaspar Rodríguez De Francia, del Paraguay, era un dictador neurótico para Carlyle, era natural que también lo fuera para la historiografía latinoamericana; la condenación legendaria de Juan Manuel de Rosas era de oficio; para los calvinistas de Nueva Inglaterra, el católico Lucas Alamán era un "reaccionario" puro y simple. ¡Debía serlo sin duda para los mexicanos!
La tentativa de reproducir las "formas" de los conflictos políticos, jurídicos o religiosos europeos o yanquis en América Latina, prescindiendo de sus contenidos históricos reales, tuvo pleno éxito. Un ejemplo notable: el enfrentamiento del despotismo ilustrado borbónico con la Compañía de Jesús, asumió un significado muy claro en Europa, aunque invirtió su signo en América Latina. En el Nuevo Mundo se expresó contra las Misiones jesuíticas.
Pero aquí todo era diferente. Pues los jesuitas defendían a los indios, en lucha constante contra los "bandeirantes" del Brasil que los cazaban en las Misiones, para reducirlos a la esclavitud en las tierras del Oeste. El anticlericalismo, bajo este aspecto, y en América del Sur, era una simple máscara de esclavistas y latifundistas. Tal es otro de los temas de esta obra.

A propósito de la contradicción entre forma y contenido, es educativo recordar que en la sociedad esclavista del Brasil Imperial o Republicano, los propietarios de negros eran positivistas y gramáticos sutiles. El escudo brasileño lleva aún la divisa de Augusto Comte: "Ordem e Progreso". En la avanzada Argentina del siglo XX, matar de un balazo a un indio "colla", peón en una finca del Norte Argentino, carecía de consecuencias penales para el asesino, dueño de la finca, probablemente Senador nacional por su provincia, y, naturalmente, firmante de leyes y proyecto de leyes. En México, ¿no eran los "científicos", y sus amigos plutócratas del porfiriato, la crema de la inteligencia, en un océano de peones sin tierra y de indios sin destino? ¿No fue Sarmiento y no lo es todavía, uno de los venerados próceres de América Latina (sobre todo de la oligarquía argentina) aclamado hasta en la Cuba de Fidel Castro? ¿Pero no es Sarmiento el más indudable degollador de gauchos, y propagandista literario del degüello? ¿Nos han circulado, acaso, en América Latina sus cartas al General Mitre, otro semidiós del Parnaso Oligárquico, en las que le aconseja que "no ahorre sangre de gauchos que es lo único que tienen de humano"?
En su favor, es preciso reconocer que fundó la Sociedad Protectora de Animales, entidad que aún subsiste, pues el célebre educador era más compasivo con los perros que con los gauchos. Numerosos "marxistas" de nuestro tiempo rinden culto a Sarmiento, a Mitre y a otros Santos Padres de la historia que se cree. Escojo al azar algunas perlas; pero toda la historia de América Latina ha corrido por las manos de monederos falsos.

En definitiva, ¿acaso el carácter semi-colonial de la América Latina disgregada y la pérdida de su conciencia nacional no se prueba en no pocas de sus Universidades? Muchas han sido sensibles como la cera para grabar en ellas la tipología de las preferencias u ocurrencias europeas o norteamericanas, académicas o iconoclastas, en materia sociológica, económica o política. Aunque esta influencia deformante se expresara en el pasado desde una óptica de respetabilidad conservadora y luego asumió la atrevida máscara de un "izquierdismo abstracto", en sustancia no ha variado el espíritu cortesano, ya que los grandes temas de la Nación inconclusa, permanecen intocados para ellos.
Esa coincidencia esencial entre unos y otros, radica en ignorar que sólo se devela el enigma histórico de América Latina con la fórmula de su unidad nacional.

Resulta irrelevante que unos se consagren a plantear el "desarrollo" de cada una de las Repúblicas latinoamericanas mediante los auxilios del capital extranjero; o mediante el crecimiento independiente del capitalismo nacional; o a través de la revolución socialista, si cada uno de los arbitristas rehúsa considerar a América Latina como el espacio político de una Nación no constituida.
José Stalin había pretendido transformar el inmenso imperio zarista en un "socialismo en un solo país". Sus herederos, y los adversarios de sus herederos (los trotskistas) así como los adversarios de ambos, herederos a su vez de Mao, fantasearon hacer de América Latina el paraíso de veinte socialismos, de veinte gobiernos obreros y campesinos, de veinte dictaduras proletarias, es decir, concibieron todos los requisitos prácticos y teóricos para fracasar puesto que estos veinte Estados no tenían y no pueden tener un destino singular.
Son "naciones no viables". Pero forman, entre todas una Nación formidable. De otro modo, véase el destino actual de Cuba, encerrada entre el monocultivo y el mar, entre la venta de azúcar y su insularidad sofocante.
No era por cierto el "fantasma del comunismo" el que recorría Europa, según las palabras de aquél ardiente joven Marx. Lo que recorría Europa en 1848 era el fantasma del nacionalismo, de la revolución burguesa, que seguía su carrera hacia el este y sur y ante la que se abría un largo camino histórico.
Es bastante significativo a este respecto que al día siguiente de redactar con Engels el Manifiesto Comunista, estallara la revolución antifeudal en Europa y Marx viajara al sur de Alemania para redactar la Nueva Gaceta del Rhin, órgano de la burguesía democrática alemana.
Si la burguesía ha resuelto ya en el Occidente capitalista su cuestión nacional hace siglos (puede añadirse hoy la unificación alemana), en el mundo colonial y semi-colonial el problema continúa en pie.
La división de Corea, artificialmente creada por el imperialismo; los problemas por constituir una Confederación Indochina; la incumplida unidad nacional del pueblo árabe; la inmensa cuestión africana, fragmentada en Estados que no responden a ninguna realidad económica, política, geográfica, ni siquiera tribal; la necesidad de una Federación Balcánica que armonice los antagonismos étnicos; en suma, la propia cuestión nacional irresuelta en América Latina dice bien a las claras que solo el imperialismo, fundado en sus gigantescos Estados nacionales, puede oponerse, como se opone, a la unidad nacional de los pueblos débiles. Divide et Impera: la formula romana sirve aún a quienes la emplean en nuestro tiempo. De donde se deduce que las fórmulas del "internacionalismo obrero" o del estéril "marxismo leninismo", constituyen reglas funestas para entender y obrar en la vida contemporánea de América Latina. ¿Como ha sido posible que un instrumento tan fino y dúctil como el pensamiento de Marx haya adquirido semejante tosquedad al atravesar el Atlántico?. Baste señalar que la creación de "marxistas leninistas" en tubos de ensayo se manifestó, por ejemplo, en México, cuyo Partido Comunista fue fundado por el japonés Katayama, el hindú Roy y el norteamericano Wollfe. En la Argentina, el italiano rusificado Codovilla imprimió al partido respectivo un indeleble sello de ajenidad y lo instaló en el último medio siglo en la órbita oligárquica.
En América Latina el nacionalismo no es separable del socialismo ni de la democracia. Tales aspiraciones indisociables reflejan de modo combinado las claves de su necesario salto histórico hacia la Revolución unificadora y la liberación social de toda explotación; sin ellos no podemos reconocer ni explorar la historia enterrada en nuestra tierra dolorosa y dividida.
Para concluir: el presente libro es una tentativa para examinar la vida de América Latina desde múltiples ángulos. Se trata de penetrar en su núcleo interior atravesando la espesa capa de prejuicios que lo ocultaron durante un dilatado período histórico. El autor se dio como objetivo escrutar "la Nación sin historia", analizar su olvidada trama, verla como un todo sufriente y viviente y estudiar las fuerzas nacionales que ha engendrado. Procuró llamar a las cosas por su nombre propio o inventarle uno adecuado a su específica naturaleza, pues, como decía el padre Acosta en una carta al Rey:
"A muchas de estas cosas de Indias, los primeros españoles les pusieron nombres de España".
Buena lección para no repetirla con la historia, la sociología y las ideas de la América Criolla: el lector no contemplará aquí leones calvos, sino la bestia soberbia que los quechuas llamaron puma.

Jorge Abelardo Ramos
http://pensamientopoliticoarg.blogspot.com/2011/10/historia-de-la-nacion-latinoamericana.html

Historia de la Nación Latinoamericana, de Jorge Abelardo Ramos

"America Latina no se encuentra dividida porque es subdesarrollada, sino que es subdesarrollada, porque esta dividida" Jorge Abelardo Ramos

martes, 14 de febrero de 2012

Jorge Abelardo Ramos y el informe Rattenbach (CMMpolítica)


La comisión Rattenbach pide la pena de muerte para los tres oficiales que decidieron la ocupación de las Malvinas. El pedido pinta de cuerpo entero a Rattenbach y colegas. Y pensar que pasaron largos años de sus carreras cantando el Himno ante todos los mástiles de la República para pedir calma, finalmente, cuando llegó la hora de marchar y morir.
Desde nuestro Centro de Noticias I
Ciudad de San Miguel Arcángel,
N.O. del conurbano bonaerense,
República Argentina en la UNASUR-CELAC
Fuente: Foro Azul y Blanco
Autor: JORGE ABELARDO RAMOS
Jorge Abelardo Ramos y el informe Rattenbach (CMMpolítica)

La comisión Rattenbach pide la pena de muerte para los tres oficiales que decidieron la ocupación de las Malvinas. El pedido pinta de cuerpo entero a Rattenbach y colegas. Y pensar que pasaron largos años de sus carreras cantando el Himno ante todos los mástiles de la República para pedir calma, finalmente, cuando llegó la hora de marchar y morir. Ahora dicen que se trata de una “aventura militar inoportuna”. ¡Y la Nación ha gastado montañas de buenos sueldos para empollar generales herbívoros, que tiemblan ante Occidente y sólo piden muerte o prisión perpetua para sus camaradas!. Sin embargo, detrás de las penas que piden para Galtieri está el propósito de enterrar para siempre la memoria colectiva el hecho prodigioso e imborrable de que luchamos en desigualdad de condiciones con los dos imperios más poderosos y pérfidos de la tierra.
Triste misión la de Rattenbach. Con los chismes de Casino, y acopio de errores técnicos, improvisación, cobardía, -en suma, gajes de toda guerra-, quieren sepultar, con la benevolencia de la “opinión mundial”, a los jóvenes héroes que enrojecieron con su sangre el mar austral y eclipsar el giro espectacular de la perdida conciencia nacional de toda la América Latina, puesta de pie cuando tronaron los cañones de la Argentina.
Esa es la victoria política que obtuvimos sobre Gran Bretaña y es justamente esa victoria la que desean nublar estos tristes redactores del informe Rattenbach. No me extraña en absoluto. ¿No es el mismo Brigadier Rey que firmó el decreto como integrante de la dictadura de Lanusse, otorgando a la Reina de Gran Bretaña el laudo para resolver el problema del Beagle? Ahora pretende condenar a muerte a los que guerrearon contra Inglaterra. “Vaya usted a hacer Patria con esa gente”, dijo Bolívar, refiriéndose en su tiempo a sujetos semejantes.
El imperialismo mundial, simulador incesante de las “formas democráticas”, quiere poner la mano sobre nuestro uranio enriquecido, que nos sitúa como el único país del Tercer Mundo que se encuentra en el umbral de la revolución científica y tecnológica de nuestra época, si sabemos avanzar más allá; y quiere apoderarse de nuestras empresas estatales para cobrarse la deuda externa.
El informe de Rattenbach se incluye, lo sepan o no deplorables autores, en esa campaña mundial para inferiorizar a los argentinos.
Pero no van a prevalecer, me atrevo a asegurarlo.

miércoles, 1 de febrero de 2012

LA CUESTION MALVINAS, ESCRIBE ENEAS SPLIMBERGO, UN PATRIOTA

JORGE ENEAS SPILIMBERGO

Cortesía de Fernando Abel Maurente



Pensaba comenzar esta conversación tomando el tema que abordo en un articulo que sale hoy en “El Observador”, con relación a la utilización que hacen de la movilización del 2 de abril último sobre Plaza Retiro, enfocándolo desde el punto de vista de la utilización de la movilización, como campo de batalla, por la prensa.

El sentido profundo de la marcha del 2/4/1984

Lo que señalo en “El Observador” es el hecho político formidable de que todo el universo de la Argentina oficial, de la Argentina sonora, impresa y visual, que se ha reunido para condenar en su médula misma la guerra de las Malvinas, incluyendo el bloqueo casi sistemático incluso del debate, recibe como respuesta una movilización que -de acuerdo a todos los testimonios, eso no ha podido ocultarse- ha reunido alrededor de 20.000 personas con una gran cantidad de juventud, y al mismo tiempo con una presencia muy numerosa de los primeros protagonistas, es decir de aquellos que convocaron, “El Centro de Excombatientes”, cuya posición por otra parte es otro de lo que podríamos llamar un milagro de la Argentina contemporánea.
Porque el Centro ha señalado con toda claridad ciertas líneas fundamentales a despecho de todo el huracán de propaganda imperialista británica y norteamericana que encuentra en los órganos de información y prestigio de la Argentina oficial, incluido el propio gobierno, su eco y retransmisor activo en el seno de la sociedad Argentina. De modo que la guerra de las Malvinas, vista a la luz de todas esas instituciones, parece a primera vista una batalla desesperada, para usar la moral de los esclavos que predomina en este tema, imposible de sobrepasar o equilibrar las fuerzas aplastantes, que se desatan sobre la conciencia del país. La moral de los esclavos consiste en decir que no hay confrontación posible con los poderosos, porque son poderosos. Pero la moral de la revolución consiste en saber que los poderosos serán derrotados, porque son opresores y porque se destruyen las condiciones de su propio poder, si actuamos en el sentido de la historia.
Entonces creo que ese es un hecho capital, que demuestra que la ruptura histórica generada por la guerra del 2 de abril, es inexorablemente irreversible y contraría lo que dice “Clarín” hace dos o tres días en un articulo editorial (que va ganado espacio la idea de que fue una aventura descabellada y de que se lanzó una lucha condenada a la derrota de antemano; no, esa idea de “Clarín” es la que no va ganado espacio: va ganando espacio por supuesto, en dimensión acústica, sonora, pero va perdiendo espacio en general).
Ahora el hecho mas importante de esta movilización, aparte de la movilización misma, me parece que es que se produce en la misma tarde del día cuando, por la mañana, Alfonsín acude a Luján para hablar de las consecuencias incalculables que no midieron quienes desataron la guerra; ni bien se produce eso, se realiza la respuesta bajo la bandera de los excombatientes, que dicen con todas las letras que asumen como un hecho glorioso el 2 de abril, lo cual también da la dirección de su crítica implacable a los errores de la conducción y a las demasías del régimen interno militar, es decir sobre los militares que proyectaban su tiranía sobre el país.

La lucha de clases en los medios de comunicación

El hecho mas notable es que inmediatamente de producirse la movilización, ella misma se transforma en el objeto de la lucha, esa particular lucha de clases que es la lucha nacional.
Es así que, al día siguiente, la prensa (muchos noticieros de televisión, por ejemplo el de canal 13, con sus 120 repetidoras del interior), no da la noticia de que 20.000 Argentinos se lanzaron a la calle a decirle, ¡ NO !, al imperialismo Norteamericano y Británico y para reivindicar -mas allá de las contingencias de sus conducciones circunstanciales- la guerra contra el enemigo imperialista. La noticia fueron los desórdenes tangenciales, pero que se usan para descalificar, que ocurren al final de la marcha. Es decir, transforman la reivindicación de la lucha de liberación, no en un hecho político, sino en un hecho policial, que es en definitiva, lo que la oligarquía siempre ha hecho, respecto a los movimientos populares.
Borges decía que el Martín Fierro, (que esta lleno de un sentido reivindicatorio, que integra su alta calidad estética), era la historia de un cuchillero de la década de 1870 y por vía ensayística convertía el drama del gaucho aplastado, arrinconado, oprimido, suprimido, de un hecho político en un hecho policial. De la misma manera el diario “Clarín” por ejemplo, titula ese día, en primera página (y creo que luego a dos paginas adentro), “Desordenes en la marcha de los excombatientes”; la noticia no es la marcha, son los desórdenes.
Sabemos que esos desórdenes fueron tangenciales, pero no se hace énfasis, sobre otro hecho, si se quiere violento, pero que tiene una alta justificación política, que fue el derribamiento de la estatua de Canning.
Nadie dice que eso fue un acto de barbarie, porque evidentemente en la conciencia pública, a pesar de todo, está la idea de que ese ministro inglés, que nos vendió el reconocimiento de la independencia, después de que la hubiésemos conquistado con las armas en la mano, imponiéndonos usurariamente, un crédito de 1.000.000.- de libras esterlinas de aquella época, de los cuales el país no vio un solo centavo, no puede transformarse en héroe cuya estatua esté en Buenos Aires, dónde todavía no está la estatua de Quiroga. Para decir esto ni siquiera hace falta ponerse en una posición revisionista: Quiroga forma parte de la historia Argentina, de sus avatares, de sus luchas de sus enfrentamientos, por lo tanto puede estar una estatua, puede tener un nombre una calle.
La prensa no hizo énfasis en ese “acto de depredación, que es elocuente por sí mismo, que es defendible por sí mismo.

Consignas contradictorias

Creo que la manifestación en sí misma, ofrece otros puntos de interés como es la contradicción de las consignas, etc. Aparentemente en algún momento se lanzó el grito: “Galtieri, borracho, mataste a los muchachos” (yo mismo lo escuche y “Clarín “lo extrae y lo pone con una luz de rayo láser). Esta consigna ofrece algunas reflexiones, sobre lo inevitablemente contradictorio de la conciencia pública en gestación. Uno puede, por ejemplo, observar que quien mató a los muchachos fue el imperialismo británico, fueron los soldados de Margaret Thatcher, guiados por el satélite y los apoyos del imperialismo yanqui. Es decir, se puede hacer notar que cuando se pierde de vista que nuestros hombres, nuestros combatientes, fueron muertos por el invasor extranjero, se pierden de vista muchas cosas.
También me hace acordar, sin con eso querer hacer una equiparación de los personajes, una reflexión de Arturo Jauretche quien, hablando sobre las injurias que se vertían contra Eva Perón, es decir sobre su presunta condición de puta, decía: “En nuestro país se puede ser vendepatria, lo que no se puede es (real o supuestamente) no observar una moral sexual”. Del mismo modo, parece que en nuestro país se puede ser vendepatria, no se puede ser borracho.
Esto dicho un poco en familia, reflexionando sobre los vaivenes, de esta segunda batalla por las Malvinas, que no se da en los archipiélagos australes, sino en la cabeza de los argentinos y vemos que la Argentina oficial mete preso a quien condujo mal una guerra contra el enemigo extranjero, pero deja suelto a quienes condujeron bien una “guerra” contra el propio pueblo, y el propio país (porque Videla está suelto, aunque puede ser que al final lo metan preso), y es mas difícil aún que lo metan preso al presidente, del cual Videla fue el comisario de policía, es decir a Martinez de Hoz.

El cipayismo de la oficialidad yaltera

Pero no fueron los civiles, fueron los propios militares yalteros los que le dijeron a Galtieri, que dirigió mal una guerra contra el enemigo real del país (en verdad, Galtieri se encontró con la sorpresa de que estaba peleando contra el enemigo real del país), que tenía que irse y después lo metieron preso o lo empezaron a procesar. Ellos mismos lo hicieron porque en su concepción, desde los acuerdos de Yalta, el mundo estaba dividido en zonas de influencia y nosotros pertenecíamos a la zona de influencia norteamericana y por lo tanto no era posible enfrentar a los Estados Unidos y a Inglaterra y que ese era el pecado cometido.
Entonces, la primera etapa en esta segunda batalla -conducida por Margaret Thatcher- estuvo a cargo de la alta oficialidad o de la cúpula militar que se había visto embarcada en una guerra que rompía con todos sus esquemas de inserción intelectual, práctica, militar, económica y política en la Argentina y en el mundo, y se hizo bajo la consigna (esto no es una interpretación mía, fue difundido como comunicado oficioso a todos los medios de prensa), de que era imprescindible reestructurar o recomponer las relaciones con los Estados Unidos y que era preciso tener en cuenta que pertenecíamos a Occidente y que debíamos observar lo dispuesto por los famosos acuerdos de Yalta, que a fines de la segunda guerra mundial reunieron las firmas de Roosevelt, de Churchill, de Stalin, determinando las zonas de influencia en que se dividía el mundo.

La desmalvinizacion civilista

La segunda etapa viene a partir del gobierno democrático, que (al margen del respeto institucional que debemos brindarle, en cuanto -bueno o malo- es el que hemos elegido los argentinos) es un gobierno ideológicamente dominado, hasta la médula, por el colonialismo ideológico.
Se está procurando inculcar en el país (cosa que entiendo que en definitiva no se va a lograr), dos o tres ideas centrales. Algunos la dicen más abiertamente, otros con un poco mas de pudor.
La primera idea, es la que expone, ya en el curso de la guerra, una franja que va desde ese movimiento por la Patria, la religión, el hogar, esos caballeros de la Fe, que de vez en cuando aparecen, diciendo que: “Enfrentar a Estados Unidos, es hacerle el juego al comunismo y hacerle el juego al comunismo, es ofender a Dios”. Bajo esta forma neblinosa y delirante, es muy difícil que nada pueda ser tragado por el conjunto del pueblo.
Pero de un modo más político esa misma idea la expone el desarrollista Movimiento de Integración y Desarrollo (MID), cuando señala que el desenvolvimiento de la confrontación militar con Gran Bretaña va a producir la ruptura de nuestra pertenencia orgánica al campo occidental y nuestro sistema natural de alianzas. Opinión que en definitiva, no es muy distinta que la del Canciller Caputo, cuando enuncia la idea de que los argentinos pertenecemos a Occidente, es decir cuando nos instala en el sistema de dominación del imperialismo norteamericano, británico y europeo occidental.

Enterrar las enseñanzas de la guerra

Esta es la primera consigna: hay que enterrar las enseñanzas de la guerra. Porque la guerra puso al desnudo, ante la conciencia general del país en todos sus estamentos, la naturaleza de nuestras reales relaciones con el mundo. Puso al desnudo que no somos un país europeo, avanzado, aliado de esas potencias, llamadas “democráticas”, sino que formamos parte del llamado Tercer Mundo, que es un modo elegante de decir que formamos parte de la zona colonial del planeta, la zona en la cual el mundo civilizado, el mundo democrático, y en parte también el mundo socialista, extrae los jugos vitales, para sostener su propio nivel de desarrollo, de bienestar y de equilibrio social interno.
Esa es una enseñanza traumática de la guerra, que rompe con el “super yo” colonial que persiste sobre la conciencia del país, aún en los periodos de gobiernos populares. Porque siempre, en última instancia, estos aparecen como verdaderos intrusos que, sin exageración, se puede decir que no logran legitimarse ante la Argentina bien pensante, desde por lo menos la batalla de Pavón (el triunfo del Mitrismo sobre la Confederación, sobre el Partido Federal del Interior, de la década del 60 del siglo XIX). Ese “super yo” que se mantuvo intacto durante mucho más de un siglo, queda así cuestionada por la guerra y por la latinoamericanización que esa guerra imprime sobre el país. Y es esto, precisamente, lo que es necesario borrar de la conciencia: el primer objetivo va mucho más allá de los movimientos tácticos, de recomponer las relaciones por diplomacia etc., afecta, yo diría, a la esencia misma del país, a su existencialidad fundamental.

¿Era insensato el enfrentamiento?

El segundo punto se liga operativamente con el anterior, y es la doctrina de la insensatez del enfrentamiento. Aquí obran muchas cosas. Armendáriz, el Gobernador radical de la Pcia. de Buenos Aires, lo dice abiertamente: “Hubo intenciones pecaminosas en los que actuaron”, transformando así la historia en un análisis de intenciones. La “intención era perpetuarse en el poder, la intención era aliviar la presión interna”. Parece ahora que estos señores, que no hicieron nada para moverle el piso a la dictadura, que fueron mansos corderos, muy bien, estos señores creen que por la movilización del 30 de marzo, la dictadura estaba a los tumbos y que en dos días se resolvió ocupar las Malvinas. A mi me habían informado los radicales del proyecto de ocupar las Malvinas por lo menos 5 meses antes del 2 de abril de 1982. Los argentinos comunes nos podemos haber sorprendido, pero ellos lo sabían.
Pero lo fundamental de esta consideración es la idea de que se trató de una batalla loca, destinada a la derrota. Yo creo que ese punto tiene que ser objeto de una discusión concreta y debe ser enfrentado en la polémica pública. Acá no se trata de subestimar el poder económico, financiero, militar, diplomático, político y cultural del imperialismo, ni de negar la debilidad de los pueblos del Tercer Mundo y de la Argentina, aun cuando la debilidad fundamental reside en el propio frente interno (es decir, la fuerza fundamental de la penetración imperialista se establece sobre todo en la dominación ideológica, y este tema es uno de los temas que hacen a la dominación ideológica).
Nos preguntamos, ¿Estaba la guerra condenada de antemano a desembocar en una victoria militar de los británicos con el apoyo norteamericano? Si fuera así, el poder anularía la historia y nosotros conocemos hartos ejemplos de pueblos débiles que de un modo u otro logran triunfar militar y políticamente, porque en definitiva el triunfo militar no es lo decisivo, aunque sea la mediación necesaria en ciertas confrontaciones. Donde se logra el triunfo es en el campo político.
El pueblo de Vietnam logra derrotar en 25 años sucesivamente, al imperialismo francés y al imperialismo norteamericano y la última batalla no se da en los campos de batalla de Vietnam, sino que se da en la ruptura del frente interno Norteamericano, es decir en el desenvolvimiento político o en las repercusiones políticas de la guerra, que terminan destruyendo la capacidad operativa -que seguía siendo abrumadora- de las fuerzas militares norteamericanas.
Se puede decir que no vale hacer equiparaciones mecánicas, y la respuesta que nosotros podemos dar al caso concreto argentino, es una respuesta doble.

FF.AA. antipopulares y guerras nacionales

Es evidente que con la ideología, con las hipótesis de guerra, con el tipo de armamento utilizado, con los métodos de disciplina internos y la ética de conducción de las fuerzas argentinas, con los militares del Proceso, una guerra de esta naturaleza no podía ganarse.
Entonces, la consecuencia que debe sacarse es que es necesario aplicar el análisis crítico, no para llegar a la conclusión de que en ningún caso la guerra se podía ganar, sino fundamentalmente para descubrir como enseñanza y experiencia de la guerra cuáles debieron ser las condiciones para un triunfo militar y político. No para que llegáramos a la conclusión de que la Argentina esta condenada a someterse a los mas poderosos, sino para llegar a la comprensión de cómo como un país mas débil puede derrotar, en este o aquel terreno, a una coalición de países mas fuertes.
De manera que en la función critica nosotros encontramos dos posibilidades: la de devolvernos a la moral del esclavo o la de proyectar de la experiencia de la guerra una concepción liberadora y revolucionaria.

El Informe Rattenbach, máxima expresión del cipayismo

En esto es inexcusable la referencia al informe “Rattenbach”, que fue publicado en una revista sensacionalista, en forma sensacionalista (lo único que faltaba eran mujeres desnudas en medio del informe), destacando en tipografía especial algunos puntos de las numerosas barbaridades que cometió la conducción militar.
El informe “Rattenbach” no habla sin embargo, por ejemplo, de la bárbara disciplina que imperaba en las tropas Argentinas, del estaqueamiento de soldados. De eso no habla, porque para el informe “Rattenbach” ese no es el problema, naturalmente.
¿Que dice el informe “Rattenbach” en sus ideas mas generales y centrales ? Dice que la Argentina debió haber obedecido la resolución 502 de las Naciones Unidas. Es decir, otorga legalidad a una resolución de las Naciones Unidas que convenientemente decodificada significa lo siguiente: “Solamente pueden romper la paz, los países imperialistas”. Porque no hubo resolución de las Naciones Unidas para el desembarco en Grenada, ni hay resolución posible de las Naciones Unidas contra la hostilización o preinvasión de Nicaragua, ni siquiera cuando la mayoría de los países imperialistas votan a favor de ella, porque existe el veto norteamericano, no habiendo existido el veto ruso y el veto chino para la resolución 502.
Entonces el informe “Rattenbach” comienza por decir que la Fuerzas Armadas Argentinas, según el glorioso General Rattembach, no pueden hacer un acto de soberanía sobre el territorio nacional argentino. Esto es lo que plantea este general, que será general, pero que no puede ser considerado argentino.
¿Y qué más dice el informe “Rattenbach”? Concentra todos sus cañones en señalar cómo el comando militar ignoró la desproporción de fuerzas. Es decir que afirma que la Argentina no puede enfrentar a poderes imperialistas, porque la magnitud de esos poderes condena de antemano a la derrota.
De manera que está bien claro, y no puede causar sorpresa, que el eje de la critica que el alto mando militar hace a los -a pesar de ellos- “heterodoxos” que condujeron la guerra, se funda en la ideología de que la Argentina no es un país soberano, no puede ejercer actos de soberanía en su territorio, ni puede enfrentar a poderes mayores, cualquiera sea la legitimidad de la causa que invoque. Todo lo demás se ordena en esta síntesis, toda una serie de errores, barbaridades, inconexiones, etc, se ordenan en esta síntesis y vienen a alimentarla, a justificarla.

Lo que el Informe Rattenbach no dice

El informe “Rattenbach” no dice que esa estructura militar argentina de tres fuerzas armadas autónomas, con tres comandantes en jefe soberanos, no nació pensando en la patria para defenderla, sino en el pueblo para oprimirlo. Porque la independencia de los comandantes en jefe, apuntaba a un solo punto, que era transformar al Presidente civil de la República (al Frondizi, al Illia, al Perón, a la Isabel de turno) en una figura decorativa.
No dice que había tres fuerzas independientes porque no se pensaba en defender al país contra enemigos externos, sino en que cualquier general, brigadier o almirante le dijera al Presidente de la República: “Respondo a mi mando natural”, es decir: “No respondo al presidente elegido bien o mal por los Argentinos, no respondo a la constitución, etc., sino que respondo al Comandante en Jefe”. Claro está que con esos tres usurpadores institucionalizados no se podía salir a defender al país hacia afuera.
El informe “Rattenbach” habla de inconexiones y falta de coordinación entre las tres fuerzas, pero no acusa a la ideología subversiva que presidía la segregación de las Fuerzas Armadas en entidades autónomas e independientes entre sí.
O sea que el informe “Rattenbach” hace las críticas y las lleva a una cúspide: tanto las que recoge como las que omite, tanto sus apreciaciones como sus silencios tienden a validar estas dos cosas: a) que la resolución 502 era legitima y debió ser acatada, y b) que el país no puede enfrentarse a enemigos mas poderosos.

La cuestión “técnica” de la guerra

Yo no soy un técnico en cuestiones militares, lo que me permite decir menos burradas sobre cuestiones militares que los técnicos ideologizados en la cipayería (invoco además en mi descargo esa expresión de Clemenceau, el primer ministro francés durante la Primera Guerra Mundial, que señalando a su modo el carácter político que encuadra a toda guerra decía: “La guerra es una cosa demasiado seria, como para dejarla en manos de los generales”).
Pero tendríamos que reflexionar sobre cómo, de dónde, de qué núcleo generador, nacen los errores y los despropósitos que presidieron una guerra que los Argentinos tenemos que saber que sí pudo ser ganada. Es más, ¡que debió ser ganada! Los gringos saben eso, basta leer ciertos cables para obtener la idea de que tienen la sensación de que la ganaron raspando.
El primer punto que creo que hay que señalar es la abyección de la Argentina oficial, sobre el hecho de que no se haya hecho lo elemental en toda comunidad nacional: rescatar los nombres y las hazañas de quienes pelearon, de esos que pelearon a veces admirablemente ¡Se rescata a Maradona, eso sí: las páginas de fútbol están encendidas de patriotismo, y todos nos conmovemos cuando a Martillo Roldán le dan una paliza de órdago! Lo revientan y estamos todos llorando, porque es un héroe, es un héroe, ¡peleó como un bravo!
Pero cuando se pelea por cuestiones reales, importantes, no simbólicas, ahí se terminó: ahí, en eso nadie sabe nada.

Hazañas que a nadie interesan

Hay un periodista, Kazanzew, al que le dieron mucho. Yo no seguí su actuación, pero escribe en “La Prensa” un articulo donde menciona las hazañas de una serie de aviadores militares que salieron a luchar por la patria, en fin no sé si será importante, si no lo fue entonces habrá que ruborizarse o decir “bueno, disculpen”. Pero esos aviadores salieron a luchar por la patria e hicieron cosas de locos, demostraron no solamente gran valor sino gran ingenio, es decir la capacidad creadora de una comunidad cuando se pone a inventar cosas que no están en los manuales, ni en la fría descripción de los poderes de unos y otros, pero que van creando bajo el impulso de una profunda convicción nacional, nada más y nada menos que eso.
¿Que harían los yanquis ante una hazaña como esta?: un submarino no nuclear que atraviesa las defensas sofisticadas de la flota enemiga, se pone a tiro del “Invencible” y lo torpedea, y después de 36 horas de persecución llega a aguas seguras. Harían una serie de TV, harían algo. Dirían “miren esto, esto es además entretenido, se puede vender, hay mucho suspenso”.
En la Argentina la revista “Humor” se burla alegremente en unas estampillas que inventa y una de las estampillas es celebratoria del hundimiento del “Invencible”, que fue realmente torpedeado. Y se ríe, “los torpedos no estallaron”. En vez de reírse, hay que responderse porqué no estallaron.

Porqué no estallaban los torpedos

¿Porque no estallaron los torpedos? Entre otras cosas porque los importamos y en segundo lugar porque los torpedos no eran necesarios para matar a presos políticos indefensos. Entonces, la picana eléctrica, los alambres para agarrarles las manos, todo eso sí estaba, pero los torpedos no. No hubo tiempo de ver si estaban en condiciones y hubo que usarlos como estaban. Y claro, no estallaron. Pero el otro hecho es también fundamental porque juntos nos dan la clave del enigma.

Cómo se hubiera podido ganar la guerra

Tratemos de reconstruir para ver como la guerra debió ganarse. Eso es lo que el país debe aprender, después de honrar el heroísmo de muchos, su valentía puesta al servicio de una causa patriótica: cómo fue aproximadamente la continuación que tuvieron de la guerra que habían empezado.
Ahí había tres planos posibles de despliegue de las fuerzas nacionales.
El primer plano era el de una ocupación simbólica, o sea 500 hombres desembarcaban, anulaban a los 60 o 80 marinos británicos y ocupaban simbólicamente las Malvinas.
¿Que ocurría en ese momento? El general Majestuoso (Galtieri), había movido los hilos de acuerdo a la ideología impresa en su cabeza (que no era distinta que la de todos los otros, la de los tres primeros, tres segundos, y tres cuartos comandantes que formaban las juntas militares). Dijo entonces “Bueno, ocupamos acá y se va a crear una situación conflictiva con los británicos que al fin de cuenta son nuestros socios, que va a resolver el amigo mayor Estados Unidos. Entonces, como este asunto de las Malvinas no se va a resolver por negociaciones, vamos a crear un hecho, este hecho va producir una conmoción y finalmente va a venir Estados Unidos y va a decir: ‘Bueno todos somos amigos, somos aliados (concepto fundamental, Argentina aliada de los países de Occidente, unos más chiquitos otras más grandes pero aliados), ustedes tomen esto, que Inglaterra se quede con esto otro y bueno -ya que estoy por aquí- yo me quedo también con algo’”. Y el general majestuoso, que ya había mandado militares argentinos a Nicaragua etc, iba a decir: “Bueno, tome”, y dividíamos por tercios. Antes no teníamos nada, ahora tenemos un tercio, esa es un poco la idea; entonces ponen 500 hombres en una ocupación simbólica.
A partir de ese momento se precipitan los acontecimientos.

Mayordomos, amos y tías

Imaginen una plantación en el Sur de los Estados Unidos, antes de la Guerra Civil. El mayordomo negro, que es un esclavo en excelentes relaciones con el amo, habla pestes de la tía del amo, que es una mujer insufrible. Entonces, uno y otro intercambian figuritas sobre lo imbécil e insufrible que es la tía, muy jocosos los dos… hasta el momento que el mayordomo se considera un pariente del amo y le hace un desplante a la tía.
En ese momento al mayordomo le dan una patada y lo mandan a la choza a cortar y a cargar algodón. Porque una cosa es que la tía sea una reverenda estúpida que no la aguanta nadie y otra cosa es… ¡que un esclavo mancille o le falte el respeto a un miembro de la clase dominante! Como el mayordomo no tiene conciencia de clase, pero el amo sí, ¡sí que tiene conciencia de clase!, sabe que al tocar a la tía insufrible, lo están tocando potencialmente a él. Y eso no se puede tolerar.
Entonces Inglaterra responde como un país serio, es decir como un país imperialista serio, y dice: “Acá no hay nada que discutir, acá es necesario corregir al esclavo, este es un esclavo rebelde”, y cuando se está a punto de llegar a un acuerdo de paz, hunde el Crucero General Belgrano. No lloremos -salvo, por supuesto, por las víctimas- ya que ellos actuaron en serio, y de ellos tenemos que aprender. Actuaron siguiendo su ley y su ley era: “Un país dependiente, un país esclavo, no puede ejercer actos de soberanía frente a un país imperial”, eso es todo lo que Haig y la Thatcher hicieron en lo esencial.
Pero al hacerlo revelaron lo que la Argentina es: que no era un aliado, que lo nuestro era la forma más abyecta del sometimiento del esclavo, la del que se cree igual al amo porque el amo por ahí lo trata cordialmente. Revelaron que el primer aspecto de la reversión de esa situación, de la subversión de esa situación es asumir que la Argentina es un país colonial, un país latinoamericano, del tercer mundo. Que la Argentina no es un país de Occidente, es una colonia de Occidente y que “Occidente” significa “el imperialismo inglés y norteamericano”, con sus acuerdos de superpotencias y enfrentamientos con el otro bloque, que no por casualidad no tuvo la intuición de vetar la resolución 502. Y eso pese a que era una cuestión de principios vetarla, independientemente de cómo actuaba o como venia actuando la política internacional argentina. Cuba y Nicaragua, lo comprendieron y apoyaron inmediatamente, pero las grandes potencias llamadas socialistas o un poco socialistas no vetaron esa resolución.

“Los ingleses no se van a venir con todo”

Entonces, ante esa situación, viene el segundo paso, transformar la ocupación simbólica en una ocupación militar ¿ Para qué?, para pasar a un operativo de disuasión, se dijo: “Si ponemos 9000 hombres, ¿Los ingleses se nos van a venir con todo? Es una locura, por unas islas insignificantes con 1800 kelpers ahí… Hay una desproporción monstruosa”. Pero los ingleses que sí son serios se nos vinieron con todo.
Entonces así empezamos a ver la primera raíz de la derrota, está en el no dimensionamiento militar de la guerra por un error de concepción política, cosa que no nos puede engañar y asombrar, porque en definitiva los militares argentinos creían que venían de otra guerra. Todavía “el héroe de Puerto Argentino” Benjamin Menéndez, sigue diciendo: “Yo que he estado en dos guerras y he sido general victorioso en la primera”.
No sabe lo que es una guerra, ha estado en una carnicera operación de policía y cree que era una guerra. No sabe lo que es una guerra, es como si un médico no sabe lo que es un microbio y quiere agarrar y salvarlo a alguien de la lepra o de la tuberculosis. Muy bien, de modo que no es asombroso: operaron de manera tal que creyeron que a nivel de disuasión iban a conseguir resolver el problema, más duramente. Creían que la cosa iba a quedar con Inglaterra, con la tía del dueño de la plantación.

Con otra concepción de las cosas…

¿Que hubiera ocurrido si hubieran previsto, de acuerdo a una concepción razonable, lo que iba necesariamente a suceder? Bueno, en ese caso posiblemente se habría mandado la flota -antes de la apertura de las hostilidades- a operar desde el Puerto Argentino y el estrecho San Carlos. No se habría mandado a ultimo momento al “General Belgrano” que tenia, por ser un navío antiguo, un gran poder de fuego. Se habría puesto este crucero con su poder de fuego en la bahía de Puerto Argentino La revista de la Fuerza Aérea denuncia que quedó en Campo de Mayo una pista de aluminio enrolladita, es decir que no se previó que el grupo combatiente central de la Fuerza Aérea debía establecerse en Malvinas, y luego concluye: “debido a eso los ingleses pudieron colocar una costa artificial a 100 millas de las Islas Malvinas y obtuvieron sobre la Fuerza Aérea Argentina superioridad táctica, porque los aviones argentinos solamente podían operar unos minutos y tenían que volver a sus bases.” Esto no está inscripto en el análisis de qué potencial tiene este país y qué potencial tiene este otro, sino en el análisis político de la guerra: si hubieran sabido que ésa era una guerra en que iba haber que combatir, habrían puesto el grueso de la aviación y los barcos sobre Malvinas y entonces habrían hecho polvo cualquier tentativa de aproximación, máxime cuando sabemos que aún en las malas condiciones que ellos mismos generaron hicieron polvo varias tentativas.

Pésimas decisiones logísticas

Tercera cuestión, ¿es concebible, ya pasada la época de los incas – como ustedes saben las tribus o las naciones precolombinas, aún las mas avanzadas, ignoraban la existencia de la rueda, no tenían la rueda y tampoco ganado mayor, tenían que poner la carga directamente sobre las llamas y las vicuñas que son animalitos muy mimosos – es concebible, preguntaba, que para llevar las provisiones al frente los soldados argentinos tuvieran que cargar durante 8 horas bolsas de papas que pesaban 50 kilos? Durante nuestras guerras civiles, se inventó la infantería de a caballo. Las grandes distancias impedían que los infantes las recorrieran, entonces hacían el trayecto a caballo y cuando había que combatir desmontaban. ¡Y en Malvinas se hacían largas marchas cargando papas! No digo que se llevaran Jeeps con orugas por el terreno blando, no digo que se llevaran helicópteros. Ni siquiera se llevaron caballos… ¡ni caballos!. Para hacer en 2 horas 30 kilómetros, había que caminarlos y cargar las cosas.

Tropas inmovilizadas por un error político

Claro nosotros éramos también zonzos, leíamos y decíamos que para defender una isla la proporción es un hombre por cada cinco atacantes. Eso es en Europa, en lugares poblados, en lugares donde hay caminos. Aquí era al revés, se necesitaba asegurar la mas mínima movilidad para atacar la primera cabeza de puente, tendrían que haberse agarrado todos los helicópteros disponibles, los caballos, usar los Jeeps con oruga y darle movilidad a esas tropas.
Entonces creo que no se necesita ser militar, ni técnico, ni haber estudiado el arte de la guerra para entender, por sentido común, que todo eso no se hizo porque se supuso que no iba haber desembarco británico, que no iba haber que pelear. Y se supuso que no íbamos a tener que pelear porque se supuso que íbamos a recibir el trato de aliados, no el trato de vasallos rebelados.

Derrota militar y reaccionarismo de la oficialidad

Por supuesto, no necesito extenderme sobre el hecho de que rebosaba Puerto Argentino de comestibles y medios que no llegaban al frente de batalla y lo que eso significa en cuanto a definir la relación entre un cuerpo de oficiales que actúa como policía del país y el cuerpo de tropa: en general vive institucionalmente su situación como privilegio (por supuesto ha habido muchas excepciones). Considera a los “soldaditos” combatientes -y a los suboficiales incluso- como cosas. Esa profunda corrupción no es sino la expresión militar y combatiente de la corrupción de los golpes de Estado.
Un alto oficial naval que estuvo en el comando operativo se lamentaba que por un lado se ignoraran hazañas como el torpedeamiento del “Invencible” y por el otro lado se haga alharaca sobre el estaqueamiento de soldados. Yo creo que este señor, en lo primero, tiene toda la razón y en lo segundo no tiene absolutamente razón, porque un ejército que estaquee soldados, es decir seres humanos de carne y hueso que a lo mejor 15 minutos después van a estar tiroteándose y muriendo, no puede ganar una batalla, salvo contra un ejército que también estaquee soldados.
Todos los elementos, algunos de los cuales señala “el informe Rattembach” (los jefes no iban al frente, las tropas como eran cosas, no eran renovadas, los que estaban en la retaguardia se quedaban en la retaguardia y los que estaban en el frente se clavaban semanas en el frente), todo ese conjunto de modos de conducción, se ligan por supuesto con el carácter reaccionario que asume la oficialidad bajo la ideología colonial de la seguridad nacional.
Bueno, a esto que señalo en forma esquemática, podría añadirse la falta de previsión de haber cargado cuanto pertrecho podría señalarse en la flota mercante argentina y desembarcar antes del bloqueo la mayor cantidad de pertrechos, combustibles, etc.

El fantasma chileno y la desconfianza en el pueblo

El disparate político de haber mandado las tropas de élite a la frontera con Chile, en lugar de haberlas mandado a pelear en Malvinas, con el argumento de que nos iban a dar la puñalada por atrás y olvidando que la movilización nacional, el buen soldado de infantería que es la base de todo ejército, especialmente en un país dependiente, hubiera destruido la hipótesis de una invasión a las tropas de Pinochet. Para eso no necesitábamos tropas de elite. Y no digo esto para imputar que se hayan mandado soldados jóvenes y que vayan a pelear los profesionales, no. Simplemente para señalar que grupos de soldados entrenados, especializados y profesionales, rápidamente dan una cohesión militar y una capacidad combativa a los reclutas, que se convierten en semanas o en días en combatientes. Depende de que haya una conciencia política nacional que anime al conjunto.

FF.AA. coloniales no pueden servir a la patria

Esto nos lleva otra vez al error de la concepción general. Partamos de donde partamos, sea de las relaciones argentino-chilenas, de las relaciones Ejército-pueblo, o de cualquier aspecto que analicemos, llegamos sin forzar el razonamiento, de un modo natural y a través de nexos concretos, al hecho de que todos los errores derivan de una concepción y una practica colonial.
Fuerzas Armadas educadas en una concepción política colonial, en una concepción militar represiva, en una concepción de seguridad nacional, en una concepción contraria a la defensa nacional, educadas en la idea de que no son las Fuerzas Armadas de la nación, del país y del pueblo argentino, sino que son un eslabón de una causa universal en que Occidente lucha contra las fuerzas demoníacas (que es el modo de hablar de “ser el eslabón dependiente del imperio”), naturalmente no podían -salvo la presencia directa del Espíritu Santo, pero el Papa vino hablar… ¡a favor de los ingleses!- no podían, decía, concebir la operatoria global de esa guerra.

¿Ganarse a los kelpers sin liquidar la F.I.C.?

Hay otros hechos: de un modo plausible, las Fuerzas Armadas, consideraron después de haber masacrado a los argentinos, que las relaciones con los kelpers debían dirigirse políticamente. Entonces actuaron como señoritas, y así es que el Capitán Giachino murió como un perro, por no ponerle un obusazo a la casa del Gobernador y hacer saltar a todos los gringos de ahí adentro. Es un hecho ponderable, pero omitieron un pequeño dato: que para intentar ganar la voluntad de los kelpers (cosa bastante difícil, pero bueno…), para intentar ganarla, era necesario destruir a la “Compañía de las Islas Falkland”, la FIC, que sintetiza en su trato con Malvinas el trato general del imperialismo británico y norteamericano con el Tercer Mundo.
Malvinas exporta por valor de unas 2.500.000.- libras esterlinas a través de la FIC, la Compañía de las Falkland, que es un capitulo en una monstruosa multinacional que tiene inversiones en Groenlandia, en Siam, en todas partes. Es una oficina las Falkland, pero en Malvinas es todo. Al mismo tiempo, Malvinas importa por unos 800.000.- libras esterlinas, es decir tiene 1.700.000.- de balanza comercial favorable, dos terceras partes de sus exportaciones son superávit de la balanza comercial.
Ustedes imaginen que esa empresa monopólica asentada ahí, chupa como ganancias que no se reinvierten las dos terceras partes de las exportaciones, en unas islas que lo único que hacen, lo producen para exportar.

Para ganarse a los kelpers había que expropiar oligarcas

Las islas mismas están en manos de un grupo terrateniente ausentista, es decir que tenemos allí los dos elementos (la economía dependiente manejado por un monopolio multinacional y la monoproducción basada en una clase o clasecita terrateniente) que son las características de la estructura semicolonial argentina. Una vez que le sacamos los otros elementos y queda el esqueleto, se dan en Malvinas los mismos elementos que acá.
Entonces parecería que habría que romper esa situación y llegar y decir: “Señores, el Estado Argentino garantiza la nacionalización de esta compañía, que a su vez va a pasar -según un plan “X” (no vamos a entrar en todas las posibles variantes)- a ser una propiedad colectiva o una propiedad cooperativa o como diablo se quiera llamar, de la comunidad malvinense. Solamente van a poder ser propietarios de tierras en las Malvinas quienes vivan y produzcan en ellas, queda todo terrateniente ausentista expropiado y se abre un registro para entregar tierras a la explotación”. Estoy dando un ejemplo-(no sé, yo creo que los kelpers ni con es se ablandan) de lo que seria un tratamiento político.
Ahora bien, la pregunta que se impone es: Gente que ha afirmado el privilegio dentro del país, que ha falklandizado el país, que vive sometida a esa servidumbre intelectual, ¿va a actuar como transformador de las condiciones en las Malvinas, para romper el vinculo con el monopolio extranjero? Ese vinculo lleva, como sabemos, a una despoblación de las Malvinas, que tenían a principio de siglo 2.500 habitantes, tienen actualmente 1.800 y podrían tener 10 o 15.000 habitantes perfectamente, porque es una geografía mas feraz que la de la meseta patagónica, donde tienen que tirar anualmente varias decenas de miles de cabezas de lanares al mar, porque no las pueden mantener. Aproximadamente 300.000 lanares tienen, 300.000 lanares ¿Y dan de comer a 2.000 personas nada más?

La guerra total: cómo atacar al corazón del imperio

Es curioso ver cómo la conciencia nacional avanza fragmentadamente por distintos andariveles. Nada menos que el señor Manfred Shönfeld, en “La Prensa” señala con mucha inteligencia, que es inexplicable que no se haya atacado el punto más débil del despliegue militar británico, que eran los grandes cargueros que traían la tropa. Si se pudo llegar a torpedear al “Invencible” es muy difícil pensar en la imposibilidad o en la dificultad de haber torpedeado a esos grandes cargueros, trasatlánticos que traían 5 o 10.000 hombres adentro. Un lindo torpedo, ahí, hubiera producido una conmoción universal y habría movilizado a la sociedad británica.
Porque hay dos situaciones que pueden movilizar a la sociedad británica contra las aventuras imperiales: una es cuando empiezan a llegarle los cajones o los telegramas de sus muertos a ellos, con lo cual se empieza a moderar el patriotismo imperialista y chauvinista; la segunda es cuando empiezan a tocarle sus dólares o sus libras, entonces se abre el otro capitulo, el de la guerra total, que fue de entrada el más evidente. Incautar al enemigo también es una medida de guerra.
La Argentina hubiera podido decir “Queda abolida la deuda con Gran Bretaña, se expropia la deuda con Gran Bretaña como enemigo de guerra”; como antecedente, a lo mejor habría que haber buscado una ley inglesa, averiguar por ejemplo qué hicieron los ingleses con la deuda con Alemania, si es que había deuda con Hitler: ¡A ver si se iban a Suiza a pagarle la deuda a Hitler durante la guerra! Hubiera sido, simplemente, repetir la táctica de Rosas cuando les dijo, durante el bloqueo anglofrancés : “Sí señores, vamos a hablar sobre la deuda y el empréstito Baring que se viene arrastrando, cuando ustedes se vayan” y entonces los banqueros ingleses le empezaron a decir a los aventureros de las cámaras y del gabinete: ” Paren la mano queridos, que no cobramos”.
O sea que había que pasar a la incautación, a la expropiación, al desconocimiento de la deuda y a advertirle a los “aliados” que nosotros estábamos considerando qué hacer con toda la deuda externa. Por supuesto para eso había que tener otra concepción, pero lo importante del caso es que nada sale de la nada: de la ruptura, del quebrantamiento de una vieja concepción colonial, por un fenómeno intrínsecamente legitimo como era el enfrentamiento con Inglaterra y Estados Unidos por las Malvinas se abría y se abre la posibilidad de la recomposición de una conciencia política. La batalla que están dando ahora en nuestro país busca, precisamente, impedir esto.

Malvinas económicas

Un poco esquemáticamente, podemos decir: “Se paso de una ‘guerra’ bien llevada, en el sentido de eficientemente llevada contra el pueblo argentino, ‘guerra’ que produjo 20 o 30.000 víctimas mortales mas todas las demás, a una guerra mal llevada contra el imperio, contra el dominador real, abriendo así el camino de poder llevar adelante una buena guerra de liberación contra el enemigo real”. Y al hablar de guerra no estoy hablando solamente de hechos militares.
Estamos viviendo una época de batalla ideológica que se proyecta sobre la actualidad y sobre los distintos aspectos que estamos enfrentando: hace un mes y medio en un articulo de “Ámbito Financiero” (el órgano de prensa de la patria financiera) que dio mucho que hablar, se denunciaba o se anticipaba que podía existir el proyecto de no pagar la deuda externa, de declarar la moratoria. Yo estaba en ese momento en el Uruguay y leo en el diario “El País” de Montevideo, un diario que reputo más reptiliano que “La Prensa ” o ” La Razón “, un articulo muy bien escrito, muy bien expuesto, con el título: “Hacia unas Malvinas económicas”.
Allí, y después de describir más o menos la situación, se sacaban las conclusiones que eran básicamente estas: la Argentina sufrió la aventura de Galtieri de enfrentar a un poder militar incontrastable y ahora parece a punto de sufrir unas Malvinas económicas enfrentando en lo económico el bloqueo incontrastable de los países poderosos.
Dicho de otro modo: acá todos los aspectos y planos de la realidad se interrelacionan. La moraleja de la fábula para esta ofensiva entreguista es: “Si no pagamos la deuda externa, nos va a pasar lo mismo que en Malvinas”, y esto expresa el carácter incontrastable de los grandes poderes mundiales, y por lo tanto el destino prefijado e inexorable de la Argentina, que está destinada a ser un país satélite y colonial. Es imposible extraer fuerzas del país para enfrentar ese destino y para generar una real independencia nacional.

Cómo seguir luchando

Esta concepción tiene siempre dos formas de presentarse: una forma abierta que posiblemente o seguramente obtiene el rechazo general, y formas indirectas, encubiertas, a veces con cierto aire progresista, pero donde escarbando un poco, uno encuentra de una u otra manera el planteo del derrotismo.
Por eso, volviendo al principio, la prensa entreguista y cipaya ha tenido esta reacción ante un hecho tan alentador a pesar de su insipiencia ideológica y a pesar de lo contradictorio de las consignas (la vida es así, la vida no se da como modelos puros ni mucho menos). Lo que tenemos, y es un hecho central, es una convocatoria de un grupo de excombatientes dotados de alta intrepidez política, de una maduración sorprendente, que asume la guerra como gesta nacional, que exige explicaciones y que ejerce una critica implacable a todos los desvaríos de su conducción. Y que frente a la tentativa de suprimir el ejercicio militar obligatorio, es decir, frente a la tentativa de los que ostentando cierto aire de rebelión, dicen en definitiva: “Solamente puede haber guerreros de países imperialistas, los argentinos no tenemos derecho de defender nuestro país”, responden diciéndole “¡Sí!” al servicio militar, como deber y derecho. Le dicen “sí” a un servicio militar democráticamente organizado.
La reacción de esa prensa, por lo tanto, honra a su manera a esta movilización de muchos miles de argentinos. Pero claro, la primera reacción que uno tiene es decir: “Bajemos los brazos, acá nada sale bien, resulta que 20.000 tipos se reúnen, hacen una gran manifestación, se producen ciertos incidentes totalmente tangenciales, de gente que es repudiada ahí mismo y esto que es lo que van a leer 500.000, 1.000.000, 2.000.000 de personas: es un hecho policial. ¡Pero estos tipos controlan todo!”.
Yo creo que no, porque la verdad se abre paso. En realidad, están a la defensiva, tiene que empezar por deformar un hecho que no pueden ocultar y es que hay un gran sector -no sé si mayoritario o minoritario pero que es indestructible y que si no es mayoritario lo va a ser- un gran sector profundo del país para el cual esta experiencia es una experiencia en plena digestión, en pleno proceso. En definitiva, el resultado final va a depender de lo que vayamos haciendo en la clarificación, en la discusión política de estas cuestiones y en llevarlo digamos a acciones tales como la del Dos de Abril ultimo, que demuestra que ese golpe, ese choque que ha dejado muertos, ha dejado sangre, que ha dejado la huella indeleble del imperialismo inglés y norteamericano, es algo irreversible. No mecánicamente, claro: depende de la lucha que todos vayamos desarrollando.
Pero teniendo en cuenta eso, computando eso, es irreversible