HISTORIA DE LA NACIÓN LATINOAMERICANA - PROLOGO
El propósito de este libro es estudiar de cerca un gran
naufragio histórico. Descifrar el secreto de una inmensa Atlántida velada por
el tiempo: ¡nada menos!
Nos propusimos averiguar si América Latina es un simple
campo geográfico donde conviven veinte Naciones diferentes o si, en realidad,
estamos en presencia de una Nación mutilada, con veinte provincias a la deriva,
erigidas en Estados más o menos soberanos.
El concepto de Nación es anacrónico para la mayor parte de
los europeos, sólo en el sentido de que han realizado hace ya mucho tiempo su
unidad nacional en el marco del Estado moderno. El nacionalismo de los europeos
es tan profundo, arraigado y espontáneo, bajo su manto imperial de generoso
universalismo, que únicamente se advierte cuando otros pueblos, llegados más
tarde a la historia del mundo, pretenden realizar los mismos objetivos que los
europeos perseguían en los siglos XVI, XVII, XVIII y XIX. Resulta cosa de
meditación percibir entonces su afectada indiferencia (teñida de un sutil
desprecio) hacia los importunos brotados en las márgenes del mundo civilizado.
Es el momento que los europeos eligen para subrayar en los nacionalismos de los
países coloniales su fosforescencia folklórica, su pintoresca filiación
religiosa o sus evidentísimos rasgos semi-bárbaros. De la virtuosa derecha a la
izquierda neurótica en Europa se manifestó -educativo ejemplo- un sentimiento
general de repudio hacia el abominable Khomeini. El Ayatollah ha puesto el dedo
en la llaga del próspero Occidente. No faltaron a la cita ni el feminismo
marxista ni el liberalismo imperial: el común horror hacia la teocracia
islámica los encontró unidos.
Apenas el irredentismo irlandés permanece como una mancha
sangrienta en la órbita declinante de Inglaterra. Pero aquellos grandes
momentos del nacionalismo decimonónico, desde Marx a Lord Byron hasta
Garibaldi, ya son vetustas reliquias. A nadie le interesa recordar en el Viejo
Mundo que la rapidez prodigiosa con que avanzó Europa Occidental hacia la
civilización técnica (y EE.UU., desde la guerra civil de 1865) se produjo
gracias a la formalización jurídica y arancelaria del Estado Nacional
Unificado, luego de eliminar el poder social de las clases
pre-capitalistas.
Al permitir una desenvuelta interrelación económica,
política y financiera entre todas las partes constituyentes de la Nación, el
capitalismo remontó un asombroso vuelo. Desarrolló tal poder multiplicador del
aparato productivo con el invalorable auxilio de un expansivo mercado interno,
unido a una lengua nacional que procuraba la frontera político-cultural de un
Estado, que bien pudo considerarse al siglo XIX como el siglo del movimiento de
las nacionalidades. Al mismo tiempo y a la inversa, América
Latina perdió la posibilidad de reunirse en Nación y avanzar
hacia el progreso social, tal como lo hacían los Estados recién unidos en el
norte del continente americano. Los norteamericanos libraron una cruel guerra
civil para abolir la esclavitud. Así unieron su país contra el separatismo
esclavista del sur agrícola, sostenido por los ingleses. En una dirección
opuesta, las oligarquías agro-comerciales de los puertos se imponían en América
latina sobre las aspiraciones unificadoras de Bolívar, San Martín, Artigas,
Alamán, Morazán. La generación revolucionaria de la independencia pereció en
las reyertas aldeanas. Fue la ocasión que los hábiles diplomáticos ingleses y
norteamericanos, los Poinsett o los Ponsonby, aprovecharon para aliarse a la
burguesía comercial y a los hacendados criollos, "la hacienda y la
tienda". Y premiaron con un silencio sepulcral a los hambrientos soldados
de Ayacucho. Estos soldados criollos habían expulsado de América Latina un
Imperio que mantenía unidas a sus colonias, sólo para ver insertarse en ellas a
otros más poderosos, que ayudaron a su independencia a condición de que
permanecieran desunidas. Serían Repúblicas solitarias con soberanía formal, y
economías abiertas.
En cuanto al inmenso Brasil, ocurrió algo muy curioso. Por
un sorprendente giro de la historia, se transformó de colonia del imperio
portugués, en capital del imperio, pero sin Portugal, en poder de los
franceses. Sacudido por incesantes levantamientos y revoluciones, produjo
republicanos, místicos, rebeldes y hasta socialistas, pero ninguno de ellos
reclamó la abolición de la esclavitud, que había sido suprimida en el resto de
América Latina en la primera década de la independencia. Entre el librecambismo
británico y el sudor de los negros parasitaba el Brasil Imperial: todos los
integrantes de esa sociedad, "hasta los más pobres y desamparados",
como dice Decio Freitas, vivían a expensas del trabajo de los esclavos.
El antagonismo de siglos entre el Reino de Portugal y el
Reino de España, se trasladó a la América revolucionaria hasta nuestros días,
gracias a los diligentes británicos, el "máximo común divisor" en la
integridad de pueblos ajenos. Argentina y Brasil heredaron esa rivalidad, que
era prestada. Por esa razón se elevó un muro entre ambos países, que
afortunadamente ha sido derribado para siempre con el promisorio nacimiento del
Mercosur.
Por su parte, Cuba era colonia española (hasta 1898), y como
en el caso de Brasil, no participó de las guerras de la Independencia, que
habían forjado lazos de sangre entre las patrias chicas de los viejos
Virreinatos y Capitanías Generales. Como resultado de todo lo dicho, la
independencia respecto de España, al no lograr mantener simultáneamente la
unidad, eclipsó por un siglo y medio a la gran nación posible.
En otras palabras, América Latina no está corroída solamente
por el virus del atraso económico. El "subdesarrollo", como dicen
ahora los técnicos o científicos sociales, no posee un carácter puramente
económico o productivo. Reviste un sentido intensamente histórico. Es el fruto
de la fragmentación latinoamericana. Lo que ocurre, en síntesis, es que existe
una cuestión nacional sin resolver. América Latina no se encuentra dividida
porque es "subdesarrollada" sino que es "subdesarrollada"
porque está dividida.
La Nación hispano-criolla, unida por el Rey, creada en
realidad por la monarquía española, se convirtió en un archipiélago político,
una polvareda confusa de islas múltiples, gobernadas por los antiguos oficiales
de Bolívar o San Martín. Los jefes bolivarianos se habían sumido en la
decepción o se habían corrompido en el poder; se dejaron mimar por los
exportadores y hacendados. Estos se relamían los labios al atrapar, después de
la sangre, las pequeñas soberanías, trocadas en prósperas satrapías. Esa
historia se narra aquí.
A diferencia de las "historias" usuales de América
Latina, que reproducen en la literatura el drama formal, pues describen las
historias particulares de cada Estado a partir de la muerte de Bolívar, país
por país, sin rastrear sus vínculos de origen, sin considerarlos como parte de
una Nación desmembrada. Omiten evocar a los pensadores iberoamericanos que
fueron la conciencia despierta de una América Latina entrevista como una
totalidad histórica. Por el contrario este libro aspira a recrear como un
conjunto todo lo que fue, lo que es y lo que será.
Durante décadas aparecieron libros sobre la
"argentinidad", la "peruanidad", la
"bolivianidad" o la "mexicanidad", en cantidades ingentes.
Todos andaban a la busca de su propia identidad nacional o
cultural, pero pocos se consagraron a redescubrir la identidad latinoamericana,
que era la única capaz de permitir que América Latina, con todas sus partes, se
delimitara como un poder autónomo ante un mundo codicioso y amenazante.
En tal situación, no podía extrañar que desde el ocaso
de los grandes unificadores, y hasta nuestros días, se
reiteraran políticas y emprendimientos tendientes a hipertrofiar las
diferencias o ahondar las particularidades.
Como cabía esperar, producida la Independencia de España,
las nuevas estructuras contaron con sus obvios ejércitos, escudos, empréstitos
ingleses, Constituciones, Códigos Civiles, héroes y villanos, y, por añadidura,
con una literatura preciosa, hija de los puertos cosmopolitas y hasta con una
historia para "uso del Delfín". Todo era chiquito, mezquino,
provincial, pero cada Estado miraba por el rabillo del ojo hacia las nuevas
Metrópolis anglo-sajonas, buscando en ellas las señales de aprobación.
Relataba el dramaturgo mexicano Rodolfo Usigli, que los
intelectuales de su época acostumbraban a referirse a sí mismos como miembros
de la generación de "postguerra". Ahora bien, decía Usigli, en México
no hemos tenido una guerra, sino una Revolución.
Pero aunque en Europa habían sufrido una guerra y no una
Revolución, los cultores del espíritu en México se sentían hijos de una guerra
vivida por otros, en lugar de serlo de una Revolución que había conmovido su
país hasta los cimientos. Todo resultaba una copia miserable.
Sólo así podía concebirse que el historiador boliviano
Alcides Arguedas, alquilado por el magnate minero Simón Patiño, como
historiador "con cama adentro", fuera el vocero de la cultura
boliviana en el mundo o un anglo-bizantino del género de Borges hiciera de
arquetipo de la literatura argentina. El darwinismo social hizo furor y aún
domina el pensamiento inconfeso de las "élites" criollas. El programa
de Borges no adolecía de oscuridad. Lo resumió en dos epigramas: "América
Latina no existe"; y la segunda: "Somos europeos en el
destierro".
Desde que Europa tomó posesión de América Latina a partir de
la ruina del Imperio español, no solo controló el sistema ferroviario, las
bananas, el café, el cacao, el petróleo o las carnes. Consumó una hazaña mucho
más peligrosa: influyó sobre gran parte de la intelligentsia latinoamericana y
tendió un velo sutil entre la trágica realidad de su propio país y sus
admirados modelos externos. Así, hasta los rebeldes de aldea, y hasta las
doctrinas de "liberación", llevaban la marca del amo al cuello. Con
el sello de Occidente, eran como cartas de navegación erróneas, preparadas para
extraviar a los viajeros.
Todo lo latinoamericano o criollo fue despreciado o
detestado. Desde la Ilustración o aún antes, no faltaban antecedentes para
ello. Desde Buffon o el Abate de Paw, hasta el más lozano egresado de alguna
Facultad de Sociología o Historia en la última parroquia, desdeñaban la inmensa
tierra bárbara.
Los europeos en tiempos de la Conquista, la Ilustración o
luego, no podían siquiera imaginar que otros mundos no recorriesen, ni en su
fauna, flora o historia, diferentes caminos que los que había conocido el
continente-modelo. Aplicaban al Nuevo Mundo su propia clasificatoria: así, para
Buffon o Voltaire, en América Nueva pululaban leones calvos y tigres
minúsculos. Por el contrario, los reptiles y alimañas eran de tamaño gigante.
Indios asexuados e insectos enormes, la Terra Nova, era para
algunos, demasiado joven; para otros, demasiado vieja.
A Hegel se le antojaba que aquí no había historia, sino pura
naturaleza, que como se sabe, aborrece al Logos. Marx y Engels, por su parte,
cuando no encontraban manipulaciones de hierro en alguna sociedad extra
europea, la situaban en el "estadio medio de la barbarie", lo que les
venía de perilla a incas y aztecas.
El conde de Keyserling explicaba ¡todavía en 1930! a las
bellas propietarias de tierras de la refinada Buenos Aires, que América era el
continente del tercer día de la creación, ardua jornada que Dios empleó en
crear el mar, la tierra, las plantas y la flora. También, según el noble
germánico, éste era el asombroso suelo de la "sangre fría". Don Pío
Baroja no iba a quedarse atrás: juzgaba al americano del Sur como "un mono
que imita" y a América Latina como un "continente estúpido".
La denigración europea se fundaba en la necesidad de ignorar
y desacreditar aquello que esquilmaba. La auto denigración de la intelligentsia
latinoamericana reposaba, por su parte, en el hecho de que estaba obligada a
vivir de la clase directamente dominante, la oligarquía, que no era una clase
nacional sino por su residencia e intereses. Cuando la intelligentsia en las
última décadas, observa la desespiritualización y codicia del mundo occidental,
se "izquierdiza" por un momento y ronda en la periferia del
stalinismo, al que supone ambiguamente encarnación del ideal socialista. La
catástrofe de la sociedad burocrática inicia otro movimiento pendular hacia la
"democracia" capitalista. "Occidentales" o
"marxistas", gran parte de los intelectuales pierden su antigua
seguridad científica. Pero conservan su aversión académica (académica burguesa
o marxista) hacia la sociedad criolla tal cual brotó de manos de la historia.
Su utilitario objetivismo la mantiene distante del movimiento histórico vivo en
nombre de "un rigor" puramente verbal, que le permite, por lo demás,
conservar su "universalidad" y los medios de vida. En el último de
los intelectuales latinoamericanos de tipo universitario resuena un eco del
Abate Paw.
Excepción hecha de los grandes latinoamericanistas del 900
-Manuel Ugarte, José Vasconcelos, Joaquín Edwards Bello, José Ingenieros,
Manuel González Prada, Rufino Blanco Fombona y muchos otros- gran parte de la
intelligentsia consumía sus vigilias torturada por las obsesivas modas de la
Grande Europa. Por ejemplo: a fines del siglo XIX resurgía el helenismo en
Francia y en toda Europa. La crisis entre la burguesía liberal y la Iglesia
Católica, asumía la forma indirecta de una revalorización estética de los
nobles modelos de la antigüedad.
Y como no podía ser menos, en América Latina aparecieron
puntualmente los helenistas nativos: en el Altiplano boliviano, un profeta
tonante y barroco, Franz Tamayo, a la vez indio y terrateniente de indios,
escribía Las Oceánidas; Lugones, en la Argentina ganadera, publicaba Estudios
Helénicos y El ejército de la Ilíada; en México, la más grande figura
intelectual de la Revolución nacida en 1910, Vasconcelos, invertía por una
senda propia el legado franco-griego: exaltaba la búsqueda de un camino
nacional en Prometeo vencedor.
A su turno, Alfonso Reyes concebía refinadísimas tragedias
griegas; Ricardo Jaime Freyre soñaba brumosas mitologías escandinavas.
La patente francesa "imprimía carácter" a la
inteligencia latinoamericana y la esterilizaba en el acto; y el librecambismo
anglosajón cegaba enseguida toda cultura industrial nativa.
En la historia latinoamericana, sobre todo a partir de 1880,
aparecieron una veintena de microsociedades en cada una de las cuales no
faltaban ni una "burguesía nacional", ni un "proletariado",
ni una "pequeña burguesía", según estatuía la prestigiosa
clasificación marxista europea. Claro está que todo lo latinoamericano aparecía
en un nivel más bajo, bajo una forma monstruosa o insólita, sea como un Tirano
Banderas o un puñado de coroneles-terratenientes que desafiaban todas las
clasificaciones.
Si Europa producía un arte simbólico, inspirado en las
formas del hombre primitivo, en ciertas partes de América Latina esto era pura
pintura figurativa, ya que el exquisito salón de arte moderno de Lima, pongamos
por ejemplo, no estaba demasiado lejos del selvícola de Iquitos o del cazador
de caimanes del Amazonas. Estas sociedades imitativas ofrecían asombrosos
contrastes. A partir de la "balcanización", se dictaron códigos
burgueses que debían servir a estructuras latifundistas fundadas en la
servidumbre personal. Tales códigos habían sido en Europa el resultado de una
revolución que había dividido las tierras de la nobleza para entregarlas a
pequeños propietarios. En América Latina esos códigos eran empleados para
garantizar la estructura agraria arcaica.
Se importaban, asimismo, las formas vacías de un liberalismo
formal para pueblos que no habían conocido sino dictaduras semi-seculares o el
parloteo incontenible de Parlamentos elegidos por el fraude, integrados por
diputados venales. Todo se acarreaba de afuera, pero todo era pacotilla, pues
nada se adaptaba a la realidad latinoamericana, como aquellos gruesos abrigos
de piel que usaba el patriciado de Río de Janeiro en el siglo XIX, sudando a
chorros en el trópico y harto satisfecho de que también se usaran en Londres,
de donde se importaban.
Calurosos abrigos para tierras cálidas resultaron ser los
productos socialistas, liberales y marxistas que llegaron desde lejos. En su
primera etapa, unos respondían al preclaro modelo del laborismo de su Majestad
Británica; otros a la inescrutable política soviética, ya muy lejano del brillo
ígneo de aquel Octubre. Los demócratas profesionales, empapados de juricidad y
de las polvorientas premoniciones de Alexis de Tocqueville, por su parte,
diseñaban un pequeño Capitolio blanco para cada parroquia, trocada en
República.
Esta combinación sincrética de cultura liberal inauténtica y
de marxismo importado para intelectuales "en vía de desarrollo",
según Augusto Céspedes, dio sus frutos. Pues junto a los ferrocarriles o
usinas, los grandes imperios introdujeron en estas sociedades indescifrables un
estilo de pensamiento que modeló la historia, las ideas políticas, la
sociología, el proceso cultural, las artes y las costumbres.
No pocas particularidades de América Latina encontraron
obstáculos para desenvolverse por un camino propio bajo la insinuante y
deslumbrante presión occidental. Desde la derecha o la izquierda, la
extranjería reinó soberanamente, tanto en las estadísticas de exportación como
en el modo de interpretarlas.
De tal suerte, América Latina resultó ser el suelo ideal de
politiqueros, terratenientes y expertos extranjeros. La ciencia social se alejó
todo lo posible del drama real, aún en aquellos casos que parecía estudiarlo.
Envanecida por un supuesto "rigor científico", la ciencia social se
vio impregnada hasta la médula del empirismo sociológico de cuño
norteamericano, con su ficticio carácter neutro, o del marxismo-leninismo, petrificado
en una escolástica indigerible, fundada en un "homo-economicus"
archi-metafísico. La coincidencia entre ambos se manifestaba en el
desconocimiento común de la cuestión nacional de América Latina. Reducían todo
el drama, según los casos, a:
1) Un supuesto duelo entre la burguesía y el proletariado,
en el interior de cada Estado.
2) Fundar el crecimiento económico mediante la repetición
nativa del capitalismo europeo, en el marco político de una
"democracia" formal de dudoso cuño.
3) Repetir de un modo elíptico la versión provincial de una
historia falsificada.
Si el Dr. José Gaspar Rodríguez De Francia, del Paraguay,
era un dictador neurótico para Carlyle, era natural que también lo fuera para
la historiografía latinoamericana; la condenación legendaria de Juan Manuel de
Rosas era de oficio; para los calvinistas de Nueva Inglaterra, el católico
Lucas Alamán era un "reaccionario" puro y simple. ¡Debía serlo sin
duda para los mexicanos!
La tentativa de reproducir las "formas" de los conflictos
políticos, jurídicos o religiosos europeos o yanquis en América Latina,
prescindiendo de sus contenidos históricos reales, tuvo pleno éxito. Un ejemplo
notable: el enfrentamiento del despotismo ilustrado borbónico con la Compañía
de Jesús, asumió un significado muy claro en Europa, aunque invirtió su signo
en América Latina. En el Nuevo Mundo se expresó contra las Misiones jesuíticas.
Pero aquí todo era diferente. Pues los jesuitas defendían a
los indios, en lucha constante contra los "bandeirantes" del Brasil
que los cazaban en las Misiones, para reducirlos a la esclavitud en las tierras
del Oeste. El anticlericalismo, bajo este aspecto, y en América del Sur, era
una simple máscara de esclavistas y latifundistas. Tal es otro de los temas de
esta obra.
A propósito de la contradicción entre forma y contenido, es
educativo recordar que en la sociedad esclavista del Brasil Imperial o
Republicano, los propietarios de negros eran positivistas y gramáticos sutiles.
El escudo brasileño lleva aún la divisa de Augusto Comte: "Ordem e
Progreso". En la avanzada Argentina del siglo XX, matar de un balazo a un
indio "colla", peón en una finca del Norte Argentino, carecía de
consecuencias penales para el asesino, dueño de la finca, probablemente Senador
nacional por su provincia, y, naturalmente, firmante de leyes y proyecto de
leyes. En México, ¿no eran los "científicos", y sus amigos
plutócratas del porfiriato, la crema de la inteligencia, en un océano de peones
sin tierra y de indios sin destino? ¿No fue Sarmiento y no lo es todavía, uno
de los venerados próceres de América Latina (sobre todo de la oligarquía
argentina) aclamado hasta en la Cuba de Fidel Castro? ¿Pero no es Sarmiento el
más indudable degollador de gauchos, y propagandista literario del degüello?
¿Nos han circulado, acaso, en América Latina sus cartas al General Mitre, otro
semidiós del Parnaso Oligárquico, en las que le aconseja que "no ahorre
sangre de gauchos que es lo único que tienen de humano"?
En su favor, es preciso reconocer que fundó la Sociedad
Protectora de Animales, entidad que aún subsiste, pues el célebre educador era
más compasivo con los perros que con los gauchos. Numerosos
"marxistas" de nuestro tiempo rinden culto a Sarmiento, a Mitre y a
otros Santos Padres de la historia que se cree. Escojo al azar algunas perlas;
pero toda la historia de América Latina ha corrido por las manos de monederos
falsos.
En definitiva, ¿acaso el carácter semi-colonial de la
América Latina disgregada y la pérdida de su conciencia nacional no se prueba
en no pocas de sus Universidades? Muchas han sido sensibles como la cera para
grabar en ellas la tipología de las preferencias u ocurrencias europeas o
norteamericanas, académicas o iconoclastas, en materia sociológica, económica o
política. Aunque esta influencia deformante se expresara en el pasado desde una
óptica de respetabilidad conservadora y luego asumió la atrevida máscara de un
"izquierdismo abstracto", en sustancia no ha variado el espíritu
cortesano, ya que los grandes temas de la Nación inconclusa, permanecen
intocados para ellos.
Esa coincidencia esencial entre unos y otros, radica en
ignorar que sólo se devela el enigma histórico de América Latina con la fórmula
de su unidad nacional.
Resulta irrelevante que unos se consagren a plantear el
"desarrollo" de cada una de las Repúblicas latinoamericanas mediante
los auxilios del capital extranjero; o mediante el crecimiento independiente
del capitalismo nacional; o a través de la revolución socialista, si cada uno
de los arbitristas rehúsa considerar a América Latina como el espacio político
de una Nación no constituida.
José Stalin había pretendido transformar el inmenso imperio
zarista en un "socialismo en un solo país". Sus herederos, y los
adversarios de sus herederos (los trotskistas) así como los adversarios de
ambos, herederos a su vez de Mao, fantasearon hacer de América Latina el
paraíso de veinte socialismos, de veinte gobiernos obreros y campesinos, de
veinte dictaduras proletarias, es decir, concibieron todos los requisitos
prácticos y teóricos para fracasar puesto que estos veinte Estados no tenían y
no pueden tener un destino singular.
Son "naciones no viables". Pero forman, entre
todas una Nación formidable. De otro modo, véase el destino actual de Cuba,
encerrada entre el monocultivo y el mar, entre la venta de azúcar y su
insularidad sofocante.
No era por cierto el "fantasma del comunismo" el
que recorría Europa, según las palabras de aquél ardiente joven Marx. Lo que
recorría Europa en 1848 era el fantasma del nacionalismo, de la revolución
burguesa, que seguía su carrera hacia el este y sur y ante la que se abría un
largo camino histórico.
Es bastante significativo a este respecto que al día
siguiente de redactar con Engels el Manifiesto Comunista, estallara la
revolución antifeudal en Europa y Marx viajara al sur de Alemania para redactar
la Nueva Gaceta del Rhin, órgano de la burguesía democrática alemana.
Si la burguesía ha resuelto ya en el Occidente capitalista
su cuestión nacional hace siglos (puede añadirse hoy la unificación alemana),
en el mundo colonial y semi-colonial el problema continúa en pie.
La división de Corea, artificialmente creada por el
imperialismo; los problemas por constituir una Confederación Indochina; la
incumplida unidad nacional del pueblo árabe; la inmensa cuestión africana,
fragmentada en Estados que no responden a ninguna realidad económica, política,
geográfica, ni siquiera tribal; la necesidad de una Federación Balcánica que
armonice los antagonismos étnicos; en suma, la propia cuestión nacional irresuelta
en América Latina dice bien a las claras que solo el imperialismo, fundado en
sus gigantescos Estados nacionales, puede oponerse, como se opone, a la unidad
nacional de los pueblos débiles. Divide et Impera: la formula romana sirve aún
a quienes la emplean en nuestro tiempo. De donde se deduce que las fórmulas del
"internacionalismo obrero" o del estéril "marxismo
leninismo", constituyen reglas funestas para entender y obrar en la vida
contemporánea de América Latina. ¿Como ha sido posible que un instrumento tan
fino y dúctil como el pensamiento de Marx haya adquirido semejante tosquedad al
atravesar el Atlántico?. Baste señalar que la creación de "marxistas
leninistas" en tubos de ensayo se manifestó, por ejemplo, en México, cuyo
Partido Comunista fue fundado por el japonés Katayama, el hindú Roy y el
norteamericano Wollfe. En la Argentina, el italiano rusificado Codovilla
imprimió al partido respectivo un indeleble sello de ajenidad y lo instaló en
el último medio siglo en la órbita oligárquica.
En América Latina el nacionalismo no es separable del
socialismo ni de la democracia. Tales aspiraciones indisociables reflejan de
modo combinado las claves de su necesario salto histórico hacia la Revolución
unificadora y la liberación social de toda explotación; sin ellos no podemos
reconocer ni explorar la historia enterrada en nuestra tierra dolorosa y
dividida.
Para concluir: el presente libro es una tentativa para
examinar la vida de América Latina desde múltiples ángulos. Se trata de
penetrar en su núcleo interior atravesando la espesa capa de prejuicios que lo
ocultaron durante un dilatado período histórico. El autor se dio como objetivo
escrutar "la Nación sin historia", analizar su olvidada trama, verla
como un todo sufriente y viviente y estudiar las fuerzas nacionales que ha
engendrado. Procuró llamar a las cosas por su nombre propio o inventarle uno
adecuado a su específica naturaleza, pues, como decía el padre Acosta en una
carta al Rey:
"A muchas de estas cosas de Indias, los primeros
españoles les pusieron nombres de España".
Buena lección para no repetirla con la historia, la
sociología y las ideas de la América Criolla: el lector no contemplará aquí
leones calvos, sino la bestia soberbia que los quechuas llamaron puma.
Jorge Abelardo Ramos


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